Vaciar el desván

Una de las costumbres que más me está gustando de París, y que según tengo entendido se practica por toda Francia, es esa que llaman “vide-greniers” y que podría traducirse por “vaciar los desvanes”.

En fechas y lugares señalados, casi siempre en domingo, se unen, no sólo ya algunos brocantes profesionales, sino también todos aquellos ciudadanos que deseen vender o, sencillamente, desprenderse de sus cosas, poniéndolas a la venta en la calle.

Que nadie busque un precio por escrito. Aquí hay que hablar, preguntar, comentar, conversar. Y eso es quizás lo más maravilloso de esta actividad de la que ya me había hablado la que es para mí la mejor brocante del mundo, mi amiga Mónica Arrojo, quien conoce hasta el más secreto vide-grenier de Francia, y que si tienes la suerte de poder ir con ella a cualquier parte, te irá mostrando, con entusiasmo contagioso, de dónde es cada pieza, y aún más si es de porcelana, que no tiene secretos para ella.

El fin de semana pasado, no tuvimos la suerte, sin embargo, de que nos acompañara a una calle que no acabo de pronunciar como es debido y que está al lado del ayuntamiento de este enorme distrito número 18 que es Montmartre. La calle se llama rue du Poteau y no es una gran calle. Al contrario, podría decir que, de todas las calles que he pisado hasta ahora, es la que menos me gusta; y sin embargo, está llena de gracia, con su restaurante griego y su tienda de cafés que huele a kilómetros, y la de vinos donde los caldos españoles aparecen ocupando casi todo el escaparate.

La verdura, vengo aquí a comprarla porque es una calle tan popular como sus precios, aunque el domingo, día en el que en Montmartre abren todo, estaban ya cerrando (seguimos con el horario español y llegamos tarde siempre) así como el vide-greniers que se había montado no en el centro de la calle, cerrada al tráfico, sino muy pegados los puestos al comercio, de forma que los trastos y las ropas y los utensilios y muebles de cada casa se abrían a la carnicería, floristería, panadería, cafetería, de tal manera que era imposible ir por la calle sin acabar comprando algo.

Da igual que vayas con la intención de no llevarte nada. Es imposible. Algún artista nos venderá una partitura sobre la que ha dibujado el retrato de una mujer; o aunque nadie nos asalte, ya que te dejan rebuscar en los cachivaches sin que siquiera sepas quién de los que están allí los vende, son nuestros ojos al final los que nos pierden cuando se posan sobre un gran frutero con pie alto,  pintado sobre la palidez de la loza, esa porcelana humilde, unos motivos vegetales con un azul que podría ser un azul de Chardin, quien pronunció una frase que no he olvidado:

“¿Pero quién os ha dicho que se pinta con los colores?

Uno se sirve de los colores, pero se pinta con el sentimiento.”

Puede que sea así como nos salen las cosas al paso, a través del corazón más que de los ojos, para que nos las llevemos a casa, y no acaben tiradas, sino en una segunda, tercera o cuarta vida, con una nueva oportunidad en otro lado, aunque nuestra casa esté muy lejos.

Cuando ponga este frutero sobre la mesa de mi casa en Galicia, será imposible no acordarme del día soleado de febrero en París, del señor que vendía ramilletes de narcisos apoyado en el escalón de entrada del metro, de la señora elegantísima que ofrecía a buen precio una preciosa gabardina usada de Hermés, o del hombre que tenía una exposición de aviones inencontrables, la niña de las cuberterías de alpaca, y el señor que me dijo, tras darle los buenos días, cuánto costaba el antiguo frutero: “10 euros”.

Casi se me saltan las lágrimas.

Me lo envolvió en papel de periódico, y aquí lo tengo, lleno de mandarinas de España.