Viñedos de Montmartre

El tiempo es arte puro, si no lo tocamos.

Eso pensaba esta mañana, recordando el paseo que di hace unos días con mi nieta Gabrielle, para ir a ver si habían abrochado los viñedos de Montmartre.

A pesar de la calidez del día, bajo un cielo azul en el que las cúpulas de la basílica del Sacré Coeur parecían aún más blancas, no había mucha gente, pero sí tres personas en la esquina de los viñedos, por la rue des Saules con Saint-Vincent, donde un jardinero, o quizás un enólogo, que parecía la reencarnación de Van Gogh, charlaba como hacen en el campo, apoyado el brazo en el sacho, a través de la malla verde que separa, sin ocultar, el viñedo de la calle, con los tres viandantes que deambulaban como yo.

Puede que esta esquina, desde donde se ven las viñas, bajando por la ladera de la colina y orientadas de tal manera que dan el vino más tarde, es la parte que más me gusta de Montmartre, con su cabaret del Lapin Agile al fondo, pintado de verde y con esa cerca de cuento, como es toda esta parte del barrio, que no parece real, de lo verdadera que es.

Me asombra por aquí la sencillez del cercado de las casas. A veces no es más que una barra de hierro pintada de verde o de azul con alambres, donde se enreda una parra virgen cuyos racimos, de uvas ya secas, cuelgan por delante de una puerta de un azul tan celeste como el mismo cielo. Número veinticuatro. No hay nada en ello y está toda la belleza contenida de los siglos que no se han tocado. Porque a lo mejor la casa no es que tenga muchos siglos, pero han transcurrido despacio por ella y lo más que se ha hecho es cambiar, quizás, el color de la puerta, mientras la parra virgen se enredaba por los alambres que hoy son puro arte de hojas que quedan del invierno, de uvas que no se han comido los pájaros, de sarmientos retorcidos y secos, pero ¡tan vivos!, esperando la primavera.

El viñedo, ya es otra cosa. Puro cultivo. Cuidadísimo. Y tiene su razón de ser porque son los últimos de los primeros que había en Montmartre al menos desde el año 944, aunque estos que vemos hoy se plantaron en 1933, tan tiernos que cuando se celebró la primera vendimia hubo que colgar racimos traídos de Les Halles, donde compro yo hoy la fruta, para colgarlos de los sarmientos que aún no habían dado la uva.

Cuentan que este terreno entonces era un jardín que se llenó de maleza y que pertenecía a la casa donde vivió Aristide Bruant, poeta, comediante y dueño de los mejores cabarets de Montmartre, el cantautor de la capa negra y la bufanda roja que inmortalizó en un inolvidable cartel Toulouse-Lautrec, quien frecuentaba, además de los cabarets de Bruant, el jardín de esta casa donde también pintó Renoir. Su columpio, o al menos el lugar donde fue pintado, sigue en lo que hoy es el museo de Montmartre y que quizás es el que más me gusta de todo París, porque la vista de estos viñedos, desde las ventanas del museo, es magnífica. Como es magnífica su historia, ya que se plantaron para defender la tierra, con un ejército de vides, del desarrollo urbanístico que había ido engullendo poco a poco los molinos y los huertos y las viñas.

París, aunque no lo parezca, tiene un alma agrícola, que ha empezado a emerger por las calles y las plazas; y así en los alcorques de los parques y las calles, te asombra ver que no hay sólo flores, sino también calabazas y judías verdes y alcachofas que han empezado a plantar para reconciliar la ciudad con el campo.

Hay toda una industria BIO, ya sea para una mermelada como para un pañal, que te asombra, y que anuncia lo que también llegará a España, al igual que vimos llegar desde Francia los primeros hipermercados; así también esta novedad de comer de manera más pausada, cercana, discreta y biológica, que parece una vuelta atrás, pero que es un gran paso adelante, irá llegando a nuestras calles, hasta llenarlas de hortalizas, aunque ahora nos parezca mentira.

Yo siempre soñé, más que una calle peatonal, que hubiera una calle donde se sembrara el trigo y hubiera amapolas y plantas arvenses y pudiera andar entre la hierba alta, sin segar, en mitad de una calle por la ciudad. Poder ver, aunque sólo fuera por unos años, el contraste del rígido edificio con el ondular del trigo y el canto de las codornices en verano.

Sé que esto es soñar pero hay veces que los sueños tienen una fuerza inmensa, como aquellos que soñaron un viñedo para que nadie construyera, y ahí están las vides hoy, creciendo y dando vino todos los años, y haciendo fiestas de la vendimia, mientras la ciudad, abajo, mira hacia lo alto, que es donde flotan los sueños, sobre esta colina, que ha conseguido que el tiempo pase de otra manera, sin arrollar, dejando frutos y felicidad y vino y rosas para el futuro.