Delacroix

Con mi nieta vestida de azul durmiendo al lado, así escribo.

Se me quedó dormida en brazos mientras escuchábamos a Chopin en la Radio Clásica del dial 101 de París.

Nadie, que no lo haya vivido, puede imaginar lo que esto, la música y el respirar de una nieta en el cuello.

Ahora la he dejado en la cuna mientras escribo sin mirar la pantalla, sino a ella, que es toda belleza. Está enorme, dijo hoy su doctora. Y salimos mi nuera Flora y yo pisando nubes de felicidad. No le pedimos más a la vida. Todo se ha reducido y se ha ampliado hasta el infinito. Y esta vida sencilla, de estar aquí sin más, es hoy todo.

Los fines de semana, cuando Gabrielle se queda con sus padres, se nos hacen eternos, así que los llenamos de museos. Todavía no hemos visitado los grandes, sino esos museos pequeños que nos sirven de excusa para andar por las calles de París, esta vez hasta la maravillosa rue de Fürstenberg, donde tenía su casa taller Eugène Delacroix.

Que nadie acuda a este museo si quiere ver sus obras.

No están.

Me dio pena, la verdad, no poder ver más que el boceto de la “La Libertad guiando al pueblo” con la que defiende Delacroix, como si él mismo fuera un personaje de su obra, la libertad de prensa. Tampoco estaban sus paisajes puros (sólo uno), esos pocos paisajes que pintó, no mucho más de veinte, pero que son para mí, infinitamente más interesantes, por estar llenos de inocencia y de sentimientos verdaderos; o al menos así me pareció, al contemplar, pintado sobre un humilde cartón, en su taller, una vista de Champrosay, adonde se escapaba Delacroix largas temporadas para estar en contacto con la Naturaleza.

Quizás por eso situó su taller en el jardín de su casa, que debió de ser para él su pequeño trocito de Naturaleza en la ciudad, y el descanso de su mirada cuando levantaba la vista de sus obras. Cuenta la escritora George Sand, en cuya casa de Nohant pasó también algunos días Delacroix, que a veces le sorprendía estudiando, porque era mucho más que mirar, completamente absorto, el color y la arquitectura de los lirios.

Me parece ahora una pena que no viviera más tiempo en el campo, sin ninguna obligación ni encargo, porque se nota en sus paisajes que no hay ninguna voluntad de hacer arte, como quizás la hubo en las obras que debía pintar, sino que sencillamente pretendía guardar lo que estaba contemplando, y al no conseguir atraparlo con palabras, lo explicaba con trazos sinuosos y largos, llevados por el viento; y con unos verdes de unos tonos muy profundos, como si emergieran de las ramas de su corazón de pintor, más que de sus manos.

Son estas cosas las que ves y no ves cuando estás en su casa y te la encuentras vacía de obras, y entonces empiezas a mirar lo que él miraba, porque nada ha cambiado, y descubres que por el cielo azul, casi blanco, pasan volando, también muy blancas, las gaviotas del río Sena; y que aunque las hiedras cubren casi por completo el suelo, hay vincaspervincas florecidas, casi silvestres, seguramente descendientes de las que viera Delacroix cuando miraba desde su estudio este jardín que tanto le gustaba, porque era el recreo de sus ojos.

De alguna manera, pertenecía a un paisaje donde no estaba, y este diminuto jardín, con sus altas paredes de ventanas y buhardillas, de muros donde hay más encintado que piedra, de pequeños setos de boj dando curvas, de bancos de jardín pintados de verde claro, tenía todo lo que le faltaba, mientras no estaba en el campo.

Dicen que sólo encontró la paz y la serenidad en Champrosay, aunque su vida profesional estuviera en París.

La verdad es que no sé nada de la vida de Delacroix, y sin embargo ahora podría decir que sé algo.

Puede que ya no necesite ir al Louvre para ver sus obras.

No creo que vea más que lo he visto en su casa.

Como en un boceto, su alma.