El simbolismo

Sigue haciendo frío afuera, aún habiendo entrado febrero.

La nieve, bajo un cielo que amanece azul muchos días, siempre está ahí, como un visillo a punto de desplegarse por delante de las ventanas, y a veces lo hace, durante unos segundos, para luego desaparecer como el plumón de un cisne que hubiera volado.

El frío se respira si cometes la temeridad de llevar la nariz al aire, que se pone roja como las hojas que en otoño pasan más frío. Imposible ir sin guantes, si quieres sentir los dedos. Crees que puedes y de pronto te ves buscándolos dentro del abrigo. En Montmartre hay muchos guantes perdidos. No sé si alguien habrá escrito de esto, de los guantes negros que, como los calcetines extraviados en las lavadoras, se quedan viudos sobre la nieve, helados, enterrados a veces, para siempre perdidos.

Yo misma he perdido uno de mis guantes y probablemente esto pasa desde hace no mucho tiempo, desde que tenemos en la mano el teléfono móvil; ya para hacer una foto; ya para responder un mensaje; y entonces nos quitamos ayudados por los dientes el guante, y en esa pequeña distracción de dejar al aire la mano, se cae un guante que pasa a ser parte de esa población de guantes perdidos de Montmartre. Un día voy a hacer una colección de fotos de estos guantes sobre las aceras, los parques, los bancos, negros sobre la nieve más blanca.

No sé si esto podría entrar entre lo que se denomina “simbolismo”, porque es la pura realidad de cada día, el frío, la mano helada, el guante que se cae mientras la cabeza se distrae en otra cosa, pero hay sin embargo en ello, a la vez, algo misterioso y místico en estos guantes perdidos de la calle. Edgar Alan Poe podría escribirles un cuento, o Arthur Rimbaud un poema lleno de formas, colores y sentimientos.

Hay algo que flota siempre en Montmartre y que nos regresa aquí aunque intentemos alejarnos, como cuando los fines de semana emprendemos el paseo por el distrito nueve que está aquí al lado y sin embargo parece muy lejos, por el enorme contraste, entre la aldea que es Montmartre, y esa suerte de barrio de Salamanca un poco desalmado que es su vecino distrito número nueve.

Y sin embargo, hay allí cosas que nos devuelven al barrio, como el museo de Gustave Moreau, en el que un romántico podría sufrir el síndrome de Stendhal, de tantos objetos bellos como se acumulan dentro, porcelanas, retratos, pesadas tapicerías, veladores pintados a mano con pájaros que vuelan sin moverse de la madera… todo lleno de pliegues y colores pesados y formas bellas que conforman un conglomerado que te lleva a otro mundo y que quizás no fuera el del propio Gustave, sino el de su madre, porque hay algo muy femenino en todo ello, como en las grandes obras que en el impresionante estudio y casa palacio al mismo tiempo que tiene Gustave Moreau en el número 14 de la calle Rochefoucauld, hay, en el tremendismo de las imágenes mitológicas representadas, algo delicadísimo que parece posarse sobre la piel de sus Salomés, cisnes e unicornios, o incluso sobre la piel de los árboles que pinta en el impresionante políptico sobre la vida de la Humanidad.

Una gran escalera de caracol, con la forma del ADN de cada una de nuestras células, nos lleva a un piso aún más alto, y mayores obras, en tamaño y colorido, con los laterales cubierto con los bocetos de sus viajes por la Tierra real, y la soñada. Su mirada nos impresiona, en un pequeño retrato que hay al principio de la escalera, haciendo casi de guardián que advierte que, si subes, ya no bajarás de la misma manera. Y es verdad. No es un arte el suyo que me encante, y sin embargo no soy ya la misma, tras haber contemplado sus inquietantes obras.

Tanta grandilocuencia en su arte, desembocó sin embargo en Montmartre donde pasó los últimos años de su vida, remodelando, dicen, una casa que aún no he encontrado por el barrio, y que tenía también taller, pero que yo imagino como una casita que es donde quiso acabar al final todo el simbolismo: una casa que podría haber pintado un impresionista, como Renoir y su columpio.

La tumba de Gustave Moreau, también fue de una humildad que asombra, y la diseñó él mismo con una gran urna, como todo adorno, que hace volutas igual que la gran escalera del estudio de su casa palacio que hoy es museo.

Asombra que habiendo vivido entre tanto volumen de luz y de aire, quisiera para su muerte, esa tumba que dibujó: estrecha, sencilla y humilde y que, esa sí, tengo localizada para ir a visitar cuando verdeen en el cementerio de Montmartre los árboles y hayan anidado los carboneros que hoy empiezan a cantar porque también en los cementerios, donde se unen el realismo y el simbolismo como en ningún otro lugar, es febrero.