Bretaña en Montmartre

Vuelve el frío a París tras unos días de tregua en los que lloviznó como si fuera Galicia.

Me hizo gracia que justo con ese tiempo se celebrara la fiesta de la vieira que aquí llaman “coquille de Saint-Jacques”, y que venden en los mercados, más que frescas, absolutamente vivas y a tan buen precio que hemos venido comiendo vieiras, con bechamel y espinacas; o con limón, sal, pimienta, aceite de oliva y cebollino, varios días.

Da gusto cocinar cuando hace frío como ahora, y se van apagando las calles y encendiendo las luces de una manera muy artística, como es todo en Montmartre; y cuando al fin ya todo es oscuridad, sales a la calle y te parece que caminas por un cuento, y más si te acercas a los parques que están orlados de edificios oscuros, aquí y allí encendidos, como temblorosas y titilantes luces del camarote de un barco en el océano de la noche que nunca es oscura porque las luces de París, en el piedemonte de la colina, suben hasta aquí para hacer que el cielo adquiera un tono de nube apagada, y los edificios se vuelvan tan negros como las ramas y los troncos ennegrecidos por el frío y la lluvia, y entre las verjas del pequeño jardín, y bajo el cielo plomizo, la oscuridad de las fachadas llena de ojos de búho que son las habitaciones encendidas. Todo tiene magia por aquí. Todo parece estar queriendo ser pintado, escrito, descrito, esculpido, contado de cualquier forma para que no se vaya nunca, por esa manera de ser aquí de las cosas, como no queriendo formar parte de nada, pero hablando de tú a tú al alma.

Incluso las fruterías, con sus precios desorbitados, convocan nuestra mirada, para al menos, de paso, alimentarla; o las flores que venden en casi todas las esquinas, también de precios elevados, hasta que te encuentras con las vieiras y pides sólo dos, para asombro del pescadero, y te pide tres euros. ¿Tres euros? No puede ser. Y si ya te vas escaleras abajo, por esos peldaños infinitos por los que bajas agarrada a la barandilla porque te parece que estás descendiendo, más que por una calle, por un acantilado, y donde siempre hay aparcada al final o al principio de la escalera alguna bicicleta, y que incluso ese final sirve de salida o de entrada del metro, y a la puerta se colocan varios puestecitos en los que también venden fruta e incluso caña de azúcar para los niños, puedes encontrar para las mismas vieiras, igual de frescas y de vivas, aún mejores precios, en la pescadería llamada “Los piratas de Montmartre” donde las venden a 5 euros el kilo, con un poco de arena, sí, pero igual de ricas.

¿Por qué un marisco que es de lujo en España resulta aquí tan barato?

Imagino que por los cultivos de la Bretaña, desde donde llegaron este fin de semana con sus camiones los mariscadores que no sólo llenaron la plaza de Les Abesses de ostras, vieiras cocinadas de mil maneras, y vino caliente y sopa de pescado, sino también de bailes, desfiles de gaitas y de música de acordeón, las mujeres con un tocado recogiendo el pelo que recordaba a los que pintaba Vermeer, y los músicos con esas camisetas marineras que son auténticas porque se notaba que no iban disfrazados sino que eran así, tal cual, con el viento del norte y la sal del mar en las arrugas de la piel, muy clara, algunos de ojos azules como los celtas gallegos, y el pelo muy blanco.

En un puestecito, compré un libro de recetas para las vieiras, “Petits secrets de cuisine. La Saint-Jacques” de Isabel Lepage, y también uno lleno de acuarelas, con todos los faros de la Bretaña, con textos y dibujos de Padraig Creston. No tenía casi nada escrito, casi toda las páginas llenas de acualeras llenas de inocencia y de agua, con cada uno de los faros, y su nombre.

Paseando la mirada por ellos, me han entrado unas ganas enormes de ir a visitarlos. Uno a uno. Dice mi hijo que esos faros son los que salen en esas fotos que nos asombran porque aparece el faro rodeado de océano por todas partes, de la fiereza del mar por aquellas tierras.

Sin haber ido aún ¡cuánto me ha recordado a Galicia!

Tienen incluso en la Bretaña un Finisterre, para mí todavía desconocido, pero que imagino con el mismo sonido de las olas, el viento en el pelo y la cara, el infinito por delante, y ese olor a mar que se echa tanto de menos en las ciudades de tierra adentro.

Por dos días, la calle de las Abbesses se convirtió en un puerto.

Y los bares, en las tabernas de un muelle, donde los músicos, con sus acordeones, y sus gorras de marinero y sus camisetas de rayas azules, y los ojos también azules llenos de años y de océano, tocaban al fin para ellos mismos.

Durante dos días sonaron las gaitas por la colina con voces de gaviota.

Cosas que sólo suceden en Montmartre, donde, como en el sueño de un pintor, con un par de pinceladas, y tres colores de Tanguy, todo es posible.