Sombras de París

Es la primera vez que veo los alrededores del Louvre tan vacíos.

De alguna manera, los chalecos amarillos, cuyas manifestaciones tienen lugar cada sábado, están barriendo al turista de la calle, como el viento a las hojas.

La torre Eiffel se veía el pasado domingo solitaria como un árbol entre el enrejado de las ramas del jardín de las Tullerías, triste como un pájaro enjaulado. La hierba del jardín, estaba completamente vacía, con su fila de árboles, no sabría decir sin hojas a ciencia cierta qué son, que los árboles son como libros sin letras cuando las han perdido; y en vez de gente sacando fotos, una bandada de estorninos alegraba, a falta de voces, el panorama.

Una de las cosas más difíciles de retratar es el silencio, porque no existe, pero en este caso había cierto silencio en la ciudad, a pesar del incansable paso de los coches, de manera que se escuchaba con total claridad la alegría de primavera que tiene en invierno el canto de los estorninos, al haber aprendido, recién nacidos, a qué sonaba el aire cuando oyeron algo por vez primera para repetirlo el resto de su vida, aunque sea invierno.

No me disgusta París así, medio vacío.

Quizás lo peor de las ciudades, aunque parezca un contrasentido, es la gente; pero no la que vive en ella, sino la que viene a ocupar un espacio que se hizo para vivir, más que para visitar.

Me gusta París porque levantas la cabeza de la monumentalidad de sus edificios, y te encuentras la más humilde de las buhardillas, con una maceta seca por el frío. Ese poder ver un monumento desde lo alto, pero desde un lugar diminuto, me produce la mayor de las alegrías. Que se mezclen lo sublime y lo cotidiano a partes iguales, eso es París, donde el alma puede llegar viva hasta la muerte porque estas pequeñas cosas que conviven con total naturalidad, el cafecito de mesas diminutas y redondas como gotas de agua, con la interminable pared, justo enfrente, de un museo, la convierten en una ciudad inigualable.

Los “gilets jaunes”, que al fin he aprendido a pronunciar, es un movimiento del que todavía no he conseguido enterarme bien de qué se trata. En las noticias se mezclan las protestas con las causas que ahora quieren esclarecerse sobre por qué explosionó una panadería, tan cerca de aquí, en el distrito de al lado, a sólo quince minutos andando desde casa, donde lamentablemente falleció, entre otras personas, una joven mujer española, madre de tres niños. Se alojaba en el hotel de enfrente.

Lo que más me sorprendió de las imágenes, fue ver destrozadas las contras metálicas blancas por el suelo, iguales que las que cierro cada noche en el dormitorio antes de irnos a dormir. Me asombro con estas coincidencias. Hacía unos días precisamente, había escrito del gas. Del miedo que me daba, por haberlo heredado de mi madre cuando cada noche preguntaba, “¿habéis cerrado el gas?” tras haberlo ido a mirar ella misma. Ese miedo al gas, y el miedo a un atentado, son los dos miedos con los que yo he convivido con total naturalidad una buena parte de mi vida.

Las casas de mis padres siempre estuvieron en calles militares y por la de Madrid pasaba cada día un furgón cargado de soldados. Si alguien dejaba alguna bolsa olvidada, había que avisar a los artificieros. Desde la ventana de mi cuarto, mientras estudiaba en una minúscula mesa camilla, oí los disparos y luego el llanto desgarrado de una mujer gritando “asesinos” cuando mataron a Quintana Lacaci. Una voz que atravesó el aire más que los disparos.

También nos heló el corazón el ruido de un petardo el viernes pasado en Montmartre. Como el resto de los vecinos, nos asomamos a la ventana. Pero no fue nada. De alguna manera, creo que hay que estar siempre preparados para cualquier cosa. Y aún así, nada puede quitarnos esta felicidad de cada día.

Siempre he dicho que los árboles no crecerían si supieran que pueden ser talados. Tampoco nosotros viviríamos si conociéramos de antemano nuestro destino.

Por eso no vivo con miedo, sino con curiosidad.

Procuro andar por el mundo como si nada sucediera, mirando todo, por si es la última vez que lo veo.

Voy a la boulangerie, espero mi barra tradicional de pan, sin miedo al gas.

Paseo por el centro de París, y si cierran el museo por una manifestación, espero al día siguiente para ir.

Pero no dejo de vivir.

Eso lo haré hasta el último día de mi vida.

Y de cada uno de estos felicísimos días, a veces ensombrecidos, en París.