Ventanas

Hay a quien le gusta la ropa.

A mí las casas.

No tienen por qué ser lujosas, sino ser simples, como me dijeron ayer que era esta casa desde donde escribo ahora.

Simple, limpia, blanca, sencilla.

Hay un libro de César González Ruano que aún tengo y que me encanta porque se titula precisamente así: “Mis casas”, en el que cuenta no sólo cómo eran las casas donde fue viviendo, sino si también si fue feliz, o no, en ellas.

La chimenea o la estufa, era un requisito indispensable.

Cuenta que en la que se sintió más afortunado fue en una casa llena de goteras que tuvo en Roma, un ático en la via Margutta 33 desde cuya terraza “la vista de Roma era magnífica” y donde pasó “de las temporadas más pobres y más alegres” de su vida.

Yo también tuve una casa con goteras, y la verdad es que fui muy feliz en ella.

Quizás decir que tuve una casa es demasiado, porque estas casas que me gustan tanto y que responden a un cierto nomadismo que me viene de nacimiento, o por las circunstancias que me ha ido tocando vivir, no son mías ninguna de ellas, aunque sí de alguna forma, por cómo me siento viviendo dentro, igual que si me pertenecieran desde muchos años antes de entrar y en las que tengo la impresión de que me estaban esperando, como esta casa de Montmartre tan blanca y tan de madera de pino tea, que aún huele como si el árbol centenario del que está hecha la tarima, acabara de talarse.

A César González Ruano le gustaría: tiene chimenea.

Toda la casa es exterior, y no sé si me gustan más las ventanas que dan a la calle, a través de las que puedo ver la vida de los otros; o las que dan al patio, donde hace dos días, antes de amanecer, oí cantar a un mirlo como si ya fuera primavera.

Todas las ventanas de la casa, incluso la del baño que es pequeña, o la de la cocina que tiene rejas y una fresquera, son bonitas, porque hay una voluntad de belleza en todo, incluso en lo que no se va a ver.

Las ventanas que dan a la calle, son ya palabras mayores, porque no son cuadradas, sino que terminan en una suerte de arco y por fuera están orladas con unas hojas de roble esculpidas, que puso el arquitecto de esta casa cuyo nombre aún no me he aprendido, al igual que el de la portera, imposible aún de pronunciar para mí.

Quizás lo que más me gustan son los cristales, porque hacen todos aguas, al ser antiguos y sobre los que han puesto, para que no entre mucho frío, otro cristal, de una manera tan cuidada que no molesta para nada este detalle práctico que han tenido.

Para llegar hasta aquí, voy dando vueltas por la escalera ya que, aún siendo un primero, el ascensor no se detiene, algo que dicen es habitual en París, que haya quien no pague y se quede sin parada del ascensor; de manera que subimos y bajamos por una escalera que parece de caracol, con sus paredes por un lado con el ascensor, y por el otro llena de vidrieras donde hay flores blancas de cristal con tallos verdes que también dan vueltas.

Subo y bajo bendiciendo toda esta belleza que es simple, sencilla, a pesar de su intención de ser algo bello.

A veces pienso que todo en París está queriendo ser arte, el señor que afila cuchillos, la pescadera de pelo blanco, la chica con una boina roja que pasa en bicicleta, dejando con su pelo largo y rubio una estela.

No puedes salir a la calle de cualquier manera. Hay que ponerse algo. Poco. Pero algo que te distinga. Un pañuelo azul. Un sombrero granate. Unos guantes negros. Un gorrito ruso. Y luego caminar como si tal cosa, procurando no estropear el cuadro que delante de ti se despliega en cuanto pones un pie afuera.

Porque hace un frío acogedor, que te lleva a querer salir todo el rato, a notar el aire en la cara, el calor del café en la terraza, o de la lectura silenciosa y a solas.

París es una gran casa, donde quieres estar a la intemperie.

Luego regresas y, a la primera pisada, te saluda la madera con su maullido de gato.

Mientras te quitas el abrigo, se te va la mirada a la ventana.

Un padre hace los deberes con su hijo.

Otras veces, imagino que será a mí a la que ven escribiendo, o con una niña en brazos, mirando por la ventana, pensando en lo bien que me siento en esta casa, en lo feliz que se puede llegar a ser entre cuatro paredes que ni siquiera conocía.

En París todo sucede tras un cristal.

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *