Al sol

Al sol, hay que esperarlo.

Y no sé si llegará a entrar por las ventanas de la casa que, en la rue Lepic, pasaremos una buena temporada al cuidado de nuestra nieta.

Todo será nuevo, la orientación, los sonidos, los pasos de la gente, el atelier de enfrente que casi siempre está cerrado, y la boulangerie de al lado, que es la mejor de Montmatre, tal y como me ha dicho mi hijo.

Todo es una novedad, la nieta, la casa, vivir en París, escribir desde la rue Lepic, muy cerca del número 54 donde residieron Vincent Van Gogh y su hermano Theo, donde tenían una vista maravillosa porque hay un cuadro pintado desde esta casa en la que se contempla el paisaje por encima de los tejados, una obra titulada “Vista desde el apartamento de Theo en la Rue Lepic”, 1887; y aunque no pueda ver la pintura, porque está en un museo de Ámsterdam, sí veré lo que queda de lo que viera Van Gogh por esa ventana.

Está acabando el año y por aquí delante corren la San Silvestre con gorros de Papá Noel delante del puerto, en una de esas tardes que parecen ya de verano, con la ría al fondo tan en calma como la pista de patinaje de hielo que han colocado en el muelle para los niños. Todo parece una estampa. Todo es rojo de barco y es azul de mar y de cielo. Todo son corredores alumbrados por el último y dorado sol de la tarde. A pesar de sus gorros, no parece un paisaje navideño. Pero es Navidad y hoy es el último día del año 2018, un año inolvidable para nosotros porque nació nuestra nieta Gabrielle y llenó de felicidad nuestras vidas, desde el primer día. Todo lo hizo bonito desde el principio. Cualquier cosa que sucediera, incluso antes de que naciera, no tenía la más mínima importancia, o sí, pero quedaba eclipsado porque Gabrielle iba a nacer, o ya había nacido, y ahora porque ha sonreído, o emitido casi un reclamo porque es más de cachorro que de persona, mientras te mira con sus ojos claros, sonriendo de soslayo como hizo desde que tenía siete días.

Mi padre solía decir que cuando se me acababan los animales, escribía de la familia. Y tenía razón. Puede que a partir de ahora me cueste mucho escribir de otra cosa que no sea de mi nieta, aunque no quisiera porque le debo discreción y respeto, y aún así, creo que llenaría un libro entero solo con ella, aunque no tenga más que cuatro meses, hoy recién cumplidos.

Empezaré escribiendo de la calle adonde vamos, y de la que sé muy poco; sólo que vista desde arriba tiene forma de interrogación, que es la pregunta que me hago, cómo será vivir ahí, en la parte que da la curva, subiendo al Moulin de la Galette, tan hermoso en lo alto del monte en honor a Marte, más que a los mártires, prefiero pensar.

Me gusta ese aire de campo que tiene esta calle, al no estar trazada en línea recta, sino subiendo hacia al monte dando una curva de camino de Sisley para que no se vea dónde acaba, y para que haga menos tortuosa la subida, donde no sabemos qué nos espera, como a mí a la vuelta de los primeros días de 2019.

Que todo a mi alrededor esté a partir de hoy lleno de los espíritus del arte de los que escribió Coleridge, hace que la perspectiva tenga ya una magia por anticipado, aunque no me atrevo ni a soñar ni a ser feliz ni a echar las campanas al vuelo, mientras tocan los tambores de la San Silvestre al otro lado de los cristales, tras entonar maravillosamente un coro el “Miudiño Miudiño” que siempre canta mi querida familia política, también cuando acaba el año.

Y en eso me estoy volviendo un poco gallega, al no atreverme a ser feliz del todo, o al menos a no pregonarlo demasiado, por miedo no se sabe nunca a qué, pero es verdad que con la felicidad me he vuelto más prudente, aunque me lata el corazón, por tener ya pronto, si Dios y la providencia quieren, mi nieta en brazos.

Y aunque sólo soy una de las dos abuelas, y aunque no me atreva a decir lo feliz que me siento en este momento en el que acaba un año inolvidable, esperaré con Gabrielle a que entre el sol de 2019 por la ventana, para que le de su luz en las manos.

Feliz Año Nuevo.