La granada

Me pregunto por qué el granado es el árbol de la ciencia.

Lo supe hace unos años, tras observar sus flores rojas caídas, como estrellas de mar en el fondo de un océano, sobre el suelo arenoso del Real Jardín Botánico de Madrid donde creo recordar que fue allí donde leí que el granado es el árbol de la ciencia. También podría ser el del arte porque, aunque hubo quien dijera que la Naturaleza imita al arte, no creo haber visto pintado nada parecido a la belleza de este fruto, ni los rubíes se le acercan, ya que son piedras muertas, y la granada está viva, casi tiene latido de corazón, cuando la abres en dos para sacar sus semillas.

Hay quien sabe, tras partirla en dos, darle unos golpecitos de tal manera que los granos caigan como las gotas de una lluvia, pero yo siempre acabo partiéndola en cuatro, no sin antes volverme a asombrar con su belleza, ese rojo transparente de cada grano, a veces rosado, que deja al trasluz su semilla blanca. Bueno, tal vez se podría considerar a todo semilla, porque este rojo que la envuelve más bien parece un halo, un arilo que recuerda al rojo del fruto del tejo, alrededor de una suerte de huesecillo que contiene el embrión capaz de dar un árbol entero.

Según he leído, el fruto de la granada contiene 613 granos con su correspondiente semilla, aunque hoy no tengo tiempo de contarlos. Me recuerdan, en el tacto, a los granos de los guisantes o las habas cuando has acabado de quitar las vainas y entonces hundes la mano y notas perfectamente la fuerza que encierran estas semillas, de lo que serían capaces con solo un poco de agua y de tierra, y a veces ni eso. En la granada, además, se une su colorido en los días más oscuros del año, recién entrado el invierno, mientras en la casa todo son nervios y jaleo porque esta noche es Nochebuena.

Si realizas la tarea de llenar un cuenco de perlas rojas de granada, al menos puedes detener por un momento el pensamiento, para acordarte de los que faltan, y que no se te note la tristeza de este día que es la esencia de la infancia, donde el rojo, esta noche, representa aún más la inocencia que el blanco, porque es la vida cuando era toda promesa, igual que esta fruta que ahora acaba entre la escarola y la macedonia.

Nada adorna mejor los platos que la granada.

Ni da un toque más fresco si se pone con la naranja cortada y entonces se unen las que son las dos frutas más bonitas del invierno, casi adornos de un árbol de Navidad, la naranja y la granada, eso sí, teniendo el cuidado de quitar la albura de ambas, que al final es lo más amargo, para dejar que el color vivo y siempre brillante de la naranja, se mezcle con la joya roja que es la granada.

La he visto en muchos bodegones, las granadas abiertas, pero ninguna como la belleza de una granada en Nochebuena, deshecha entre las manos, en la noche más triste y más feliz del año.

Feliz Navidad queridos lectores.