Margarita

No pensaba cenar tras el viaje en tren, pero Margarita me estaba esperando con una crema de calabacín con gambas, y unas empanadillas caseras recién hechas.

No pude negarme, aún sintiéndome algo culpable, no tanto por la cena, ya que no ceno casi nunca, sino por tanta atención, como si ello supusiera quitársela a mi madre, a quien cuida de maravilla.

Nos encontramos bien las tres, mi madre, Margarita y yo, charlando de las cosas más importantes y de las mas nimias, ya que para nosotras esta conversación es el mejor alimento. Margarita me habla de su nieto, y yo de mi nieta. Mi madre interviene de vez en cuando, y entre las tres vamos tejiendo recuerdos y anécdotas mientras vemos fotos y cenamos.

Me siento como en casa porque estoy en mi casa de niña, siendo ya abuela. Es la primera vez que duermo aquí sin estar mi padre, y es imposible no oír el ruido que hacía con las puertas, su caminar por el pasillo, su forma de llamar a mi madre, o a mí, con un sonoro Mónicaaaa…

Hoy he dormido en su despacho, al ocupar mi madre la habitación que fuera la mía y la de una de mis hermanas, con ese silencio que tuvo siempre esta casa, al dar a un patio con un jardín en el que vive una catalpa que no ha crecido mucho pero que sigue dando legumbres igual que cuando era niña y saltaba por la ventana para recolectar esos frutos que abría como si fueran las vainas de los guisantes para luego sembrar las semillas en una maceta y, asombrada, ver cómo germinaban en primavera.

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que nunca estuvo mejor esta casa, más limpia y ordenada, gracias a Margarita. Mi madre, dentro de lo que cabe, también la encuentro bien, incluso feliz, cuando habla. Mi madre vive de conversar, de contar las cosas, a quien quiera escucharla, y yo he venido a eso, a hablar con ella y con Margarita.

Me encantan las cosas que me cuenta Margarita de su pueblo en Rumanía, las telas que bordan, llenas de colorido, o las verduras que toman, algunas parecidas a los grelos de Galicia, donde Margarita se encuentra de maravilla cuando viene en verano porque dice que se parece mucho a su pueblo, aunque yo creo que debe ser una tierra con más bosques verdaderos, o al menos así la imagino.

Mis vecinos quieren a Margarita como si fuera uno de ellos, porque el parecido de las tierras une mucho. Y si Manuela nos regala mantequilla envuelta en una hoja de col, dice Margarita: “Es mantequilla de verdad”. Y cuando prueba el queso: “Es queso de verdad”. Y cuando nos regalan verduras: “Es verdura de verdad”; por lo que yo me he quedado con la idea de que en el campo de Rumanía todo es de verdad y que deben tener todavía una Naturaleza muy auténtica que un día iré a conocer porque su palabras me han despertado una curiosidad tremenda.

Estoy aquí sentada, escribiendo, mientras Margarita arregla a mi madre. Hace frío en Madrid pero la casa está llena de esa calidez que da la calefacción central encendida desde muy temprano. Puedo escribir porque ella está aquí. Puedo irme a París a cuidar de mi nieta porque Margarita se ocupa de mi madre. Esto no hay forma de agradecerlo. Ni con un artículo ni con nada, pero hoy me apetecía decir, aunque sea torpemente: muchas gracias Margarita.

La crema de calabacín con gambas estaba buenísima.