Mazarico

Con el nombre de mazarico se conoce en Galicia a una ave que emite sobre el océano el trino más dulce que he oído.

Fue esta tarde, por vez primera, cuando tras haberlo contemplado un buen rato sobre las rocas, emprendió el vuelo hacia el océano, ese bosque de agua que es donde las aves marinas se sienten más seguras.

En realidad, yo creo que todo pertenece al agua, incluso la tierra emergió un día del agua, y todo volverá a ella, como el paseo marítimo que cubre el último sol de la tarde, con una luz que se mezcla con la bruma marina, que es el aliento de las olas, por aquí casi un rugido, porque da pavor si te acercas. Yo no lo hago. Es una playa la de Riazor que, de tanto domarla, se ha vuelto salvaje. Y da igual que le pongan dunas que parecen montañas, porque el océano llega con tanta fuerza que tira todo, incluso los bancos de piedra, cuando se desboca el oleaje como un caballo azul y blanco hacia el lugar por donde, seguramente, pasó siempre. Hay unas fotos en blanco y negro al final del paseo, donde se puede ver esa misma playa, al borde de las casitas que había entonces, más retranqueadas con respecto a la orilla que los grandes edificios que ahora se alzan, con toda la vista del mundo y con los pies casi mojados.

Y en ese final de la playa que es donde las rocas amansan un poco el oleaje, te encuentras que hay muchos vuelvepiedras, de patas muy naranjas, plumaje blanco y oscuro como las algas, y un pico tan fuerte que pueden volver no sólo las piedras sino incluso las cajas de pescado. Son incansables. Van de un lado a otro como si no se decidieran del todo, pero siempre escarbando, poniendo al menos un punto sobre la arena, y a la vez girando la cabeza con trazo de compás para no dejarse nada debajo del arribazón que orla la orilla del océano.

Y cuando ya creía que había visto todo esta tarde, me encuentro a un mazarico, un zarapito que es grande como una paloma, y de patas grises claras tan largas que sube por las piedras muy derecho con sólo estirarlas un poco, para situarse de manera que pueda atalayar el océano desde la roca más alta; y por detrás de su pico, que es tan largo y curvo que se diría que por eso va tan derecho para que no le tropiece con el suelo, se ve el ir y el venir del océano, que el zarapito contempla sin miedo. Gira hacia uno y otro lado la cabeza. No hace nada y hace todo. Está allí quieto. Mirando. Disfrutando de la vida, aunque no lo sepa. Le da el sol en el plumaje pardo hecho de ondas rematadas como una ola en blanco. La imagen, no puede ser más preciosa, el pico curvo y largo, la cabeza esbelta, y el plumaje con tonos de alga parda.

Me acerco de más sin necesidad, porque lo veía perfectamente, pero en esto soy como los niños que miran estos días los escaparates y necesitan pegar la nariz a lo que están viendo. Así yo, no sé por qué extraña razón, sabiendo que me arriesgo a que se vaya, termino siempre por acercarme de más, y el mazarico, claro, salió volando. Y entonces el alma se volvió toda oídos, al escuchar de pronto su silbido, que es el trino más dulce y sonoro del mundo, fuerte y sostenido, seguro, melodioso, demasiado bonito para ser cierto.

Haciendo eco en cada ola del océano, resonaba la voz del mazarico, al que llaman zarapito trinador (Numenius phaeopus), precisamente por este canto o reclamo que no es capaz de tapar ni el océano enfurecido, dejándonos una sensación de belleza que no se olvida nunca, como ya le sucediera al poeta cuando escribió:

Ou mazarico que cantas,

Trás do pinal do Marico;

Non sei que me dá, se t’ouzo,

Non cantes máis, mazarico:

Cal fero cuitelo pasante e pungente,

Mesmo na alma te sinto!

Eduardo Pondal

“Queixumes dos Pinos”, 1886