Cosas nuevas

Hoy me eché a andar después de comer.

Bueno, ni siquiera había comido porque ya empiezo a hacer un poco horario francés y comí a las doce con un café y a las cuatro de la tarde sentí el impulso de echarme a andar, tras dos días amarrada al escritorio.

Dicen que se ven muchas cosas cuando paseas pero yo creo que no es necesario, que el mundo va a ti donde vayas porque somos el propio mundo con el que damos vueltas; y aún así, pocas cosas me gustan más, en tren o a pie o en barco, que lanzar a pasear la mirada.

Todo se ve de otra manera cuando estás en marcha, al ir dejando atrás lo que miras, de forma que el pensamiento va tejiendo las palabras cuando ya no tienes delante lo que has visto, y que lo mismo son unos mejillones medio partidos sobre el muelle con el resto de las piedras que dejaron caer las gaviotas desde el cielo, que unas algas de las que me veo capaz de ponerles un nombre, pero no me detengo hasta que descubro sobre las piedras dos mondas de mandarina, muy naranjas, sobre las que se han subido, igual que hacen en las aldeas de noche sobre los sombreros de las setas, unas babosas muy claras, lo cual me trae el recuerdo de mi casa en el monte.

Aún siendo algo muy rústico, mi casa en el campo es para mí algo así como un traje de fiesta muy pesado, lleno de lentejuelas, maravilloso y que brilla por todas partes, ya de luz, ya de agua, pero que no me deja moverme con soltura porque a cada rato debe estar el vestido impecable, lo cual no me permite a veces ni sentarme a escribir, y otras ni pasear, porque nunca encuentro tiempo.

Pero, ah, en la ciudad, algo que descubrí en Madrid en una casa diminuta que tuve en la Puerta de Alcalá, nada te reclama para que lo mantengas precioso, y los pocos metros cuadrados en los que vives te dan un espacio infinito para no hacer nada. Así que al regresar he alquilado una casa que es todo pasillo entre la calle y el puerto, de manera que son las cuatro de la tarde y me puedo echar a andar hasta el final del dique de abrigo que se adentra en el mar.

Fui también de paseo con la esperanza de fotografiar a una focha que observé hace unos días, cerca de la torre de control marítimo, una de esas aves que parecen gallinas negras con la frente muy blanca, por el escudete córneo que llevan en la frente, y aunque las fochas vuelan poco, son capaces de migrar cientos de kilómetros; y esta focha común que vi, se conoce que andaba perdida porque es raro ver un ejemplar solo en estas fechas, pero el caso es que hoy no estaba.

Siempre que veo algo, sé que no voy a volver a verlo.

O no de la misma manera.

Si hace unos días había una hembra de colirrojo tizón entre las rocas, cerca de donde se sitúan los pescadores del puerto, hoy vi al macho de la misma especie, quién sabe si su pareja, pero ni rastro de la hembra. Me fijé en que el macho de colirrojo tizón, que es mucho más oscuro y yo diría que con las plumas de la cola más rojas, en vez de estar entre las rocas, se sube hasta el muro que nos separa del océano, para lanzarse luego desde allí en paralelo, trazando un vuelo de ondas muy pronunciadas, más en las vaguadas, como si en ese espacio de aire fuera donde tomara el impulso para hacer ondas.

Todo está lleno de ondas al lado del mar.

Incluso cuando está en calma, porque entonces son los pesqueros que vi salir de noche, al regresar, los que con sus estelas dibujan unas olas muy limpias y muy solitarias al navegar el buque su cohorte de gaviotas que le salen desde tierra a buscar.

También hoy vi cormoranes moñudos de ojos verdes, y no me había fijado hasta ahora, de un plumaje que cuando nadan con el cuello estirado hacia arriba, y el lomo horizontal al mar como un pato, va cargado de unos goterones de agua muy grandes que me recordaron a las gotas de agua que quedan tras la lluvia sobre las hojas del laurel, al tener estas hojas una cera que quizás se parezca a la que impermeabiliza las plumas del cormorán.

Puede que mañana de el mismo paseo, seis kilómetros en total.

Y veré, sobre lo mismo, cosas nuevas.

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