Caballitos de mar

Es en ese lienzo, más que blanco, transparente, que es el mar, donde se han dibujado, coloreado, diseñado y esculpido las especies más extrañas.

Recibo unas preciosas imágenes submarinas de Rafa Herrero en el Atlántico y de Fernando Alarcón en el Mediterráneo que vienen con un sonido de burbuja y en las que a cámara lenta veo animales que no he visto, pero que seguro me he cruzado, mientras buceaba sin verlas, entre esas fanerógamas de los fondos marinos, plantas verdaderas, que tienen hojas acintadas verdes que se oscurecen cuando se desarraigan, para clarearse al sol en las orillas.

A estas plantas sumergidas las hemos visto en casi todos los mares donde hemos buceado, praderas que se mueven con la música inaudible de las olas, yendo, verdes en el azul, de un lado al otro igual que una cabellera en medio de un viento cambiante. Y en esa quietud que es todo movimiento, hay caballitos de mar que no hemos visto, más largos que nuestra mano, más esbeltos que uno de nuestros dedos, agarrados por la cola prensil en espiral al alga o la planta que sí vemos y que esconde al animal como el bosque esconde a un pájaro.

Estos animales que viven sobre la vegetación, están amparados por lo que les sustenta, porque a su vez son necesarios de alguna manera para el bosque o la pradera, y es en estos claros de verdad en mitad de lugares que ya no son nada, donde pervive la magia y la maravilla de especies que poseen el infinito del pasado y toda la incertidumbre de su futuro, como el caballito de mar y el resto de signátidos al que el profesor Planas Oliver y su equipo han dedicado un documental muy valioso titulado SyngDoc.

Hablan no sólo de su presencia en zonas intermareales del Atlántico y el Mediterráneo, sino también de sus fósiles, acumulados por las corrientes de mares desaparecidos en las imponentes montañas de los Alpes donde los fósiles de caballitos de mar cuentan el pasado y quizás del futuro de estos peces sin escamas, llenos de placas óseas, que nadan en vertical con sus mandíbulas fusionadas en una trompa para succionar las presas que, engañadas como nosotros, sin verlos, se acerquen lo suficiente para poder sorberlos.

Todo en la biología de los signátidos, y en especial en la biología del caballito de mar, nos intriga: el marsupio o bolsa donde los machos incuban las crías que parecen miniaturas de los padres; la delicadísima forma en la que se mueve la aleta dorsal que recuerda a un abanico y que les impulsa para nadar en vertical; o cómo enlaza el macho por la cola durante el cortejo a la hembra, como si la llevara a dar un paseo por el fondo de los mares con la música inaudible del agua.

Científicamente, se van sabiendo más cosas sobre los caballitos de mar, pero queda sin explicar el misterio de su belleza.

Por qué se hicieron tan hermosos para no ser vistos.