Atardecer marinero

Atardece sobre unas nubes muy blancas, aún si colorear por el sol.

Hay un ruido de obra, que me persigue; y de gaviota, que se aleja con el sol.

Las veo ahora mismo desde aquí, tranquilas sobre el agua del puerto.

Ni con los prismáticos me atrevería a dilucidar de qué especie son. Con las gaviotas nunca me atrevo. No sólo las hay que crían y las hay de paso, sino que además su plumaje va cambiando con el tiempo, y así hay gaviotas de primero, segundo, tercero y hasta de cuarto invierno, que se van aclarando con el tiempo desde unos tonos de niño de comunión manchado de barro que tienen los pollos, aunque sean tan grandes como sus padres, hasta unos tonos más limpios y definidos cuando son adultos.

Siento fascinación por ellas. Su forma de volar, o de remojarse en el agua. No suelen meter la cabeza, al menos desde lo alto como hacen los charranes, que se dejan caer desde la altura para zambullirse a pescar dos veces el mismo pez, porque pescan un pececillo y luego lo sueltan en el aire para volverlo a pescar con las escamas a favor.

Escribo y no sé si lo hago sobre mis propias palabras o mis propios recuerdos del verano en los que podría pasar la tarde viendo pescar a los charranes. Me gustan mucho más que las gaviotas. El charrán es la primera ave que nombra Colón en su “Diario de a bordo” copiado por fray Bartolomé de Las Casas. Garjao, se anota. Y hubo quien lo tradujo por grajo, ¿en el mar?, pero era, claro, un charrán, también llamado garaxao.

Pero de esto ya he escrito. Es como si las palabras volvieran a volar por el mismo lugar cuando esta tarde es distinta, es gris y es blanca como el manto de una gaviota. Ya entraron todos los barcos pesqueros y el agua del puerto empieza a sonrosarse. Pasan con la tabla de surf un niño y lo que parecen su hermano y su padre acompañándole, con calma de barco. El mar todo lo atempera. No sólo las temperaturas, también la forma de caminar de las personas, que se acercan a la orilla del mar para pasear como las olas.

Yo creo que hay una necesidad que nos viene de muy adentro de acercarnos lo más posible a donde quién sabe si ya estuvimos, o de donde procedemos, que es el mar.

Pasean también por aquí delante en bicicleta y a pie. Las personas que llevan algo rojo se ven mejor de los lejos, como los frutos para los pájaros, ya que el rojo es el color que más les atrae. Los azules y los grises se disuelven en el paisaje. El reloj de Correos ya se ha iluminado y está a punto de dar las cinco y media entre el sonido de las campanas que llegan también hasta aquí, en este momento, puntuales. Cuando son las doce de la mañana, tocan una salve marinera. Suelo llegar tarde. Cuando me acuerdo que son las doce, ya la han tocado. Sólo la he escuchado una vez.

Ahora las gaviotas sobrevuelan el puerto, como si con esta última luz que queda, antes de que enciendan las farolas, hubieran decidido ir a dar una vuelta, la última antes de dormir con la cabeza entre las plumas, o con el pico apuntando a barlovento, por si hay que salir volando a contraviento.

Me gusta cuando, de noche, con cualquier ruido, unos pasos, las campanas, o una ventana que se abre, vuelan las gaviotas y son, bajo la negra noche, más blancas que de día.

Nunca acabaré de aprender todo de ellas.

Sé que la reidora tiene una alubia negra detrás de los ojos en invierno, tras haber perdido el capuchón chocolate que le cubre como a un monje la cabeza durante el verano; que la patiamarilla tiene los ojos del mismo color que las patas, y que la gaviota cana es la más blanca de todas; y el gavión, la gaviota más negra.

Pero nunca estoy segura de nada, cuando escribo de las gaviotas.

Se confunden con las nubes, el agua y el cielo blanquecino de la tarde en la que, ya sin el ruido de los obreros, queda el canto, despidiendo al día, de una gaviota que no se sabe si ríe o llora.