Luz y color

Más que las cosas, me he dejado en Madrid importantes personas para mí, y algunas exposiciones a las que me habría encantado acudir.

Entre ellas, “Seis miradas singulares” que comisariada por Lola Rodríguez se expone hasta el 24 de noviembre en PopArte, en la calle General Pardiñas 48, donde mi amiga Carolina Sauca expone con su grupo de Arte L -V una obra preciosa de una mujer con la cabeza llena de colorido y de flores; un gran cuadro que según tengo entendido ya ha vendido, cosa que no me extraña pues Carolina Sauca es una gran artista.

Creí que al volver a Galicia me encontraría con los colores del otoño, como ayer paseando por casa, donde entre las hojas amarillas de un castaño había, para mi asombro, unas setas muy violetas, del color de la amatista, que podrían ser de la especie Laccaria amethystina ; pero como he venido a dar, más que a vivir, a lo que fuera el barrio de la Pescadería de Coruña, me he encontrado, para mi sorpresa, aún siendo otoño, con todo el colorido de Lugrís que ya viera por aquí cerca, en lo que fuera el café Vecchio donde había, a mis espaldas, mientras tomaba un café y hojeaba unos libros y veía pasar a la gente con paraguas, una marina llena de alegría que entonces me parecía inexplicable hasta que he visto cómo es el otoño en este océano, qué azul y qué blanco y qué brillante puede llegar a ser con el sol de la tarde; qué naranja con el del amanecer; qué rojo cuando los barcos pesqueros regresan a las cuatro de la tarde al puerto.

No imaginé que hubiera tanto color. Miro por la ventana y veo a Lugrís. Quisiera saber todo lo que él supo de esta ciudad. Porque a veces veo las cosas, como anoche, cuando no podía dormir, al volver del cine de ver la película de Freddie Mercury, “Bohemian Rhapsody”. Para mí el cine es como una cena, mejor no ir muy tarde porque luego paso la noche dando vueltas a lo que he visto; y yo pasé esta noche dando saltos por un escenario donde a su vez mucha gente saltaba cantando con ese artista que fuera también Freddie Mercury.

Así que a las cinco de la mañana, cuando aún era noche cerrada, me desperté y como no me dormía, decidí ir a la nevera para tomar un vaso de leche y asomarme, mientras, a la ventana. Levanté el cristal de guillotina y me encontré la ciudad más vacía que he visto en mi vida. Ni siquiera respiraba el viento. El agua y el aire quietos. Las luces encendidas. Pero pocas. De manera que caía la noche como si estuviera en un cuadro. Hoy veo que esta quietud oscura y blanca también la pintó Lugrís en una marina. Es como si paseara por sus colores, o como si fuera a hacerlo mañana.

Por eso quiero saber todo lo que él sabía. Cómo era el barrio de la Pescadería, por qué es más alto el mismo edificio por la Marina que por la calle Real, y quién vivió en esta casa donde ahora vivo y que grabó en la ventana unas iniciales, en el hierro que sujeta la galería.

También Lugrís ponía iniciales y un ancla con su firma, incluso añadía inscripciones, como la de “Ic habitat felicitas” que quiere decir: “Aquí habita la felicidad”.

No me extraña.

Llena de luz y color, como en un cuadro, vive esta ciudad.