La palmera del puerto

Nunca he vivido en un puerto.

Bueno, nací cerca de uno, pero no he vuelto.

Yo no sé cuántas personas han nacido en un lugar donde no han podido regresar. Soy una de ellas. Nací en el Sáhara y no he vuelto.

Imagino que había un puerto pero no lo recuerdo. Tenía cinco años cuando nos fuimos, y al fondo de mi memoria queda la arena, un cielo muy azul y una palmera que era todo el verdor que había en nuestra casa de Villa Cisneros.

Curiosamente, la casa donde voy ahora tiene una palmera.

Se ve a la altura de mi ventana, justo donde se abren como los rayos de un sol verde, las palmas; y al fondo, azul como el cielo de Villa Cisneros, el agua del puerto, que ahora está tan clara y tan limpia que dicen que hay nutrias viviendo en la dársena.

Nadie puede imaginar la ilusión que me hace esto. Poner mi mesa de escritorio frente a la ventana y al levantar la vista ver el puerto, y a la altura de mis ojos una palmera que es la primera planta que vi en mi vida.

La de Villa Cisneros tenía un camaleón atado por una pata, y esta tiene gorriones y quién sabe si al atardecer también estorninos que vengan con el canto de las leiras a dormir todos juntos y yo, desde lo alto, pueda verlos y oírlos.

También se ve la ría al fondo, tras el castillo de San Antón, hacia donde dicen que hay que mirar para saber cómo está el océano para salir a navegar. Levantas la ventana de guillotina de la galería, blanca como una gaviota, y se oyen las campanas y las voces de la gente y hasta los pasos sigilosos del mar entrando por el puerto mientras mueve las jarcias de los veleros.

Todo esto que he escrito aún no lo he vivido porque todavía no nos hemos mudado, pero lo imagino ya que lo primero que hice al llegar fue abrir la ventana y estos son los primeros sonidos que escuché después de haber vivido entre el ruido de los coches siete años. Algún día todas las ciudades serán como ésta, silenciosas como el mar entrando en un puerto; y subiendo la marea hasta poner a la altura de la vista los barcos pintados de rojo cargados de nasas que ya han empezado a echarse al centollo.

Me llevo a esta diminuta casa que se abre al sol y a la lluvia y al océano, un retrato de mi padre al que le encantaba pintar barcos.

¡Cuánto le hubiera gustado esta casa!

Cuando venía a la aldea se asomaba y veía las vacas, pero pintaba barcos. Da igual donde estuviera, la Rioja o Madrid, mi padre siempre pintaba barcos.

Me llevo también uno que apareció mientras organizábamos su ropa para darla cuando en un bolsillo encontramos un papelito con un barco dibujado en el que ponía: “Para Mónica”. Por la ventana abierta sopló una brisa que me recorrió el alma y mi madre pasó de llorar a consolarme porque no podía yo dejar de llorar al encontrar el barco en un bolsillo de la ropa de mi padre.

Tengo aquí además la biblioteca al lado, dos teatros, varios museos, un mercado lleno de pescados, la lonja de madrugada, una playa para pasear, y hasta un faro en el que ir a mirar si están pasando los alcatraces.

No es Villa Cisneros, pero da al mismo océano.

Como en mi casa del desierto, el único verdor del puerto, es el de una palmera.

Un punto final verde para una nómada.

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