La boda de Nora

En el hermoso pazo de Orto, a la orilla del bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez, se casó mi sobrina Nora.

Ha sido este un año de bodas, y esta boda de Nora, fue una boda de agua.

El cielo, no pudo estar más azul, ni el sol más deslumbrante, como suele suceder en septiembre, cuando cae sobre el horizonte y la luz se vuelve, tras el mediodía, dorada, y las personas parece que flotan envueltas en esta bruma de luz que también rodeó, de los pies a la cabeza, a la novia, que venía muy blanca, y con cola de sirena, que es lo que podría ser Nora, una sirena de la ría que nadara alrededor de las bateas de Lorbé, porque brilla toda ella, sus ojos, la sonrisa fresca, la piel como si acabara de salir del agua, igual que una sirena y a la vez una amazona de leyenda, porque Nora está llena de fuerza terrestre y marina.

La luz de la tarde hacía centellas sobre el agua del embalse que ha venido a cubrir, aunque no del todo, a la fraga de Cecebre, que asoma aquí y allí donde puede, y da brillos al agua que parecen llorar por los árboles que faltan.

Este pazo de Orto, debió de ver todo esto cuando el paisaje era tierra firme, porque de la casa solariega ya había noticia escrita en 1540, aunque el jardín sea mucho más reciente, un adorno del XIX que se vino a poner más tarde con palmeras y rododendros y camelios, y helechos arborescentes y toda suerte de plantas exóticas que en este invernadero natural, regado por el aliento del embalse, se dan de maravilla, mientras una fuente redonda de piedra, llena de sonidos de agua el silencio.

Parece que en una boda, no pudiera haberlo, pero pude escuchar unos minutos el silencio casi sagrado de esta casa del pazo de Orto, con su jazmín florecido subiendo por la escalera de piedra del patín, y en lo alto una parra algo melancólica, y ya dentro madera de la que habla, más que crujir, y que conoce todos los pasos que se dieron por esta casa, como si una parte de ellos se hubieran quedado entre las vetas.

Por las paredes, el “El biombo verde”, óleo sobre lienzo donde de soslayo leo algo de los años vividos en París, letra escrita en pintura y sobre la pintura, ¡qué maravilla!, y otras obras del artista Víctor López-Rúa, quien sonríe mientras le asoma la educación a los ojos, para no hacernos sentir intrusos, que es lo que somos quienesquiera que entremos en esta casa sin llamar como hace el sol todas las tardes por una terraza de barandilla verde que se ve desde abajo, al borde de un palmera muy alta que sirve de torre para los pájaros que otean desde allí el embalse, y quién sabe si el respirar en paz del bosque sumergido.

Así era Nora de pequeña, toda calma.

Mientras mis hijos saltaban y correteaban, lo más que hacía Nora era seguirles con la mirada, o como mucho subirse al carro que tenía Teresa, donde les llevaba con un burro por delante; y por detrás, siguiéndoles, atada a un cordel, una cabra. La única que estaba quieta, era Nora, con su cinta roja en el pelo, que entonces llevaba liso y muy corto. Jamás volvió a llevar el cabello de esta manera, al empezar a tomar sus propias decisiones, como la de llevar el pelo largo y rubio hasta la cintura, igual que una princesa de leyenda, y casarse con una diadema dorada que podría haber estado llena de laureles y de rosas y de caracolas que hubieran venido a posarse sobre su cabeza.

Porque Nora nunca pide nada.

Escucha, mira y calla.

Piensa. Ríe. Comprende. Anima. Quiere. Siente.

Pero no pide.

Como el mar.

Por eso te escribo esto, querida sobrina Nora, porque sé que jamás te hubieras atrevido a pedirme que te escribiera para recordar dónde te casaste, el precioso día que hacía, lo guapa que ibas, el brillo del sol sobre el agua cuando, paseando con Roberto, tu flamante marido, os llenó de luz para el resto de vuestras vidas.

0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *