La bohemia

Escribo estas líneas desde el aeropuerto en mí teléfono.

Nunca he escrito así. Quiero decir que suelo escribir en ordenador, en la tranquilidad de mi casa, alzando de vez en cuando la vista hacia la ventana.

No sé cómo escribiré a partir de ahora porque soy otra la que regresa.

Hay viajes que nos cambian para siempre y estos días en París han sido un antes y un después, no sólo para mí sino para las personas que más quiero en este mundo.

Salgo de aquí con la impresión de un acontecimiento que ha hecho que todo fuera más bonito que nunca.

Es cierto que ha debido de influir también el tiempo.

Anoche paseamos en manga corta por Montmartre tras cenar en el restaurante más antiguo del barrio, “Le bon bock”, caracoles, sopa de cebolla y tatín templado de manzana con helado de vainilla, para finalizar con un poquito de absenta, de la que tomaban los bohemios, en los que también nos convertimos un poco desde anoche, aunque rebajáramos su verdor con agua helada y azúcar.

Conversamos sobre la austeridad que empieza a practicar un movimiento americano y que en Francia se pone de manifiesto en esa hermosa costumbre de ofrecer una garrafa de agua del grifo, que es la versión larga del clásico “un vaso de agua por favor” que hemos perdido.

Nunca me he ocupado directamente de estos asuntos. Quiero decir que hasta ahora me he preocupado sólo de hacer ver la belleza de la Naturaleza, pero ahora siento la imperiosa necesidad de que el mundo sea limpio y puro y verdadero, porque no lo quiero para mí sino para quien más quiero, y me enfado si para comer en el desayuno un trozo de queso, me encuentro una diminuta porción envuelta en plástico que ni siquiera soy capaz de abrir a la primera.

Al mismo tiempo agradezco todos y cada uno de los puestos que este domingo pusieron en la calle de Les Abbesses con cosas que se me antojan ahora tan hermosas como la Naturaleza silvestre.

Se diría que lo único que habían hecho los vendedores era ordenarlas por materias, y así podías comprar botones, cajas artísticas de cerillas, planchas de imprenta con ramas de árboles en relieve, señuelos de madera para pescar, vajillas de loza de juguete, copas de cristal de Bacarrat, zapatos y sombreros usados o vestidos maravillosos de alta costura, colgados de la verja de un jardín, a precio de saldo.

Detesto profundamente ir de compras, pero esto no es comprar sino entrar en un mundo donde todo es posible porque nada se tira, y donde todo vuelve a ser bello al presentarse con gracia de nuevo sobre el mundo.

Arte puro.

Ahora ya en el aeropuerto, ajena a todo el trasiego que sirve de fondo a esta escritura, sé que me voy de Montmartre sin ser la misma, más bohemia que nunca.

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