Rodin

“Et les arbres, qui les regarde?

La lumière n´a pas de spectateurs”

(“Y los árboles, ¿quién les mira? / La luz no tiene espectadores”)

Auguste Rodin en “Éclairs de pensée” (“Relámpagos del pensamiento”)

*****

Veníamos hablando de esto, justo antes de leerlo poco después.

Conversaba con mi hijo sobre la capacidad de recreación que poseemos, en ocasiones sin saberlo, las personas. Cómo no somos capaces de crear de la nada ni la más diminuta hoja, pero sí de pintar un árbol con el alma atrapada entre sus ramas.

No somos creadores.

No somos dioses.

Somos recreadores.

Por eso nadie mira durante horas un árbol, pero sí una obra de arte con un árbol pintado.

Llamó su preciosa mujer Flora cuando estábamos desayunando y, dejando el café y una tortilla de jamón a medias, salió mi hijo de inmediato hacia el hospital, siguiendo el hilo de su corazón que es hoy más fuerte que el acero porque está hecho de un amor luminoso, alegre, artístico, verdadero: Eterno. Una obra de arte que no se cansará nunca de mirar. Pura belleza.

Mi marido y yo nos quedamos en la mesita redonda bajo un cielo muy azul y un sol también redondo como sería el día. Acabamos la tortilla ajena y nos fuimos dando un paseo hasta el Museo Rodin que estaba cerrado. Era domingo. Abrían a las diez, por lo que seguimos paseando. Creo que pocas cosas me gustan más que deambular por París. Con lo que tiene de significado este verbo, sin ir a ninguna parte, casi bamboleando, porque más que caminar, navegas, ya que tus pasos ni los notas, se deslizan sin esfuerzo, sostenidos por la mirada en cada detalle de una puerta, de una ventana, el escaparate azul de una librería, un pequeño hotel de toldos verdes donde desayuna una familia, la paz del domingo por la mañana, la luz del sol trazando líneas rectas y oblicuas, triángulos de luz sobre las fachadas, aún más doradas, del color de la tierra.

De vez en cuando una placita, un árbol, un patio, un banco, un portal, una verja.

Silencio.

La ciudad de pronto me parece también Naturaleza, piedra, cielo, sol, agua.

Y al fin el museo, recién abierto, sin nadie.

¿Por dónde empezar?

Tres hectáreas de jardín, de tilos con sus lengüetas aún colgando, doradas entre el verdor de unas hojas perfectas, acorazonadas. “El pensador” en la entrada y más allá, anémonas rosadas, y rosas septembrinas, inocentes, recién nacidas, y setos de boj y un camino verde y ancho, despejado, que es pista de aterrizaje para la mirada hasta el horizonte de la ciudad, donde la vista también descansa subiendo y bajando las escaleras del perfil de los tejados y de todas y cada una de sus chimeneas de arcilla que parecen las letras de un libro, bailando y a la vez quietas, escritas y talladas sobre las tablillas de las primeras escrituras.

Están llenas de gracia estas chimeneas rojas como los ladrillos.

¡Ojalá hablaran!

Nos contarían en susurros, con voces ligeras como el humo, las intrahistorias de esta ciudad llena de Historia.

Al fin entro en el museo y me sucede lo que sólo recuerdo que me haya ocurrido una vez en otro museo cuando, vi por vez primera a Sisley, y esos caminos que no se ve dónde acaban, como tampoco se ve el rostro de las personas que hablan, pintadas, por encima de una valla, mientras, de pronto, yo tampoco veo nada ni pienso siquiera porque el pensamiento también se empaña y no puedo dar ni un paso ante el bloque de mármol blanco, pero no por la parte dulcemente tallada, sino por el encuentro entre lo que se ha tallado y lo que se ha dejado en bruto, algo parecido al efecto de una costa, entre la roca del acantilado y la ola que no te cansas de mirar chocar contra la piedra, o llegar a la playa, haciendo un sonido que parece repetido pero que es distinto en cada ola, así la mirada sigue ese encuentro de lo que hizo la Naturaleza y que está allí, tal cual, y lo que hizo el escultor, unidos en una misma creación.

¿Qué sé yo de escultura?

Nada.

Pero en este museo pude ver que se puede recrear sobre lo creado, no ya sólo en el pensamiento, como había venido barruntando hasta entonces, sino con la misma materia arrancada de las entrañas de la propia Naturaleza.

“El secreto”, “La catedral”, “El beso” donde me quedo a los pies y con los pies de una bella mujer de piedra blanca que flota con los pies sobre el mismo mármol del que surge su figura.

Haciendo aguas, por un cristal antiguo de una ventana que alcanza el altísimo techo desde el suelo, se asoman las hojas de un tilo, y la luz de la mañana.

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