Un paseo por donde no ir ( y II )

Antes que nada, quisiera aclarar con respecto a mi artículo publicado aquí mismo la semana pasada, que la expresión que utilizó mi amiga Blanca, no era que el verano “la arrasaba” sino que “la arrollaba”, que es algo muy distinto, ya que lo que ella quería expresar, o al menos así me lo contó a la sombra de un mirto plenamente florecido de blanco, era que la arrollaba como una de esas olas que te llevan a dar volteretas hasta la orilla del otoño.

Y en esas estamos, viendo cómo cae dulcemente la noche sobre unos días que no quiero perderme este año, ese momento en el que los días se igualan durante el equinoccio de otoño y todo, por un instante, la luz, el sol, la hierba, el mar, se diría que permanecerán para siempre durante unos segundos, que parecen eternos, en un equilibrio perfecto.

Será el momento de continuar con el paseo del otro día para ver hasta dónde llega.

Había oído que por aquí se veía el mar, o al menos la ría, trayendo el mar a la tierra, para volver a llevárselo a las pocas horas, dejando un recuerdo de algas y de lubinas que suben por el Lambre, para luego regresar con el agua.

Esta mañana, me acerqué al puerto. Había tanta niebla que no se oía nada y los graznidos de las gaviotas quedaban engullidos por este algodón hecho de agua que todo lo envuelve en gasas, las vistas, los sonidos, y hasta el día mismo parecía detenido con la niebla, al no atisbarse siquiera el sol pasar de largo sobre la Tierra como hace cada día.

En el muelle, una hilera de personas con caña pescaba bajo unos tamarindos, y al fondo la niebla, que se supone que era el mar, pero que no se veía, sólo las cañas, de sedales también invisibles, pescando en un sueño más que en un agua. Desde ese telón neblinoso, surgía de pronto, como si asomara entre las cortinas de un teatro, un pesquero pintado de blanco y de rojo, tras haber dejado su carga en la lonja; o se marchaba un velero presumiendo que el viento, o el sol, o ambos, terminarían por despejar la niebla para lanzar el trapo al viento como un pañuelo, con ese ruido que hace de lona ondulante y que no esconde ni la niebla.

Imagino que en los días neblinosos los peces del muelle no ven el aparejo, tendría que haberme acercado a preguntar esta mañana porque en ocasiones son estos hombres y mujeres de tierra, amarrados a un sedal, los que te cuentan las cosas más curiosas del mar.

Yo de momento, sigo en tierra, queriendo volver al camino por donde fui el otro día, como quien quiere regresar a una línea escrita que se dejó a medias, porque me tuve que volver al ver un coche aparcado, que es lo que yo más temo, no el camino desconocido, sino la gente que no conozco de nada y frecuenta estos caminos, ya sean cazadores, ya vaya a usted a saber qué, pero a los que temo más que un jabalí que pudiera salirme al paso, o al corzo que estuvo a mi lado un rato, seguramente observándome, mientras yo pensaba que había un animal cerca, sin verlo, hasta que dio un salto y me dejó con el recuerdo de sus patas de ungulado en el aire, y una cabeza de cuernas quizás cubiertas ya de terciopelo.

No me dio tiempo a ver nada; aunque sí a pensar: “¡Un corzo!”.

Tengo que volver, pero acompañada, para ver si es cierto que por aquí, desde un alto, se ve el mar, por donde llega, soñando, en las mañanas de verano que se acaban, la niebla.