Un paseo por donde no ir (I)

Salgo a pasear temprano.

Mi perra se pone nerviosa. La verdad es que la paseo muy poco en verano, ese tiempo desordenado.

Una amiga reciente mía, Blanca, que me parece ahora que la conozco desde hace mucho tiempo, dice que el verano la arrasa, le pasa por encima, y es cierta esta sensación de tiempo que te revuelca como una ola que nos lleva dando vueltas hasta la orilla de la rutina. Y allí es donde, de nuevo, nos ponemos de pie, y seguimos.

Pero aún es verano y las mañanas, ¡qué poco se aprovechan! Aunque, ¡menos mal!, encontré un hueco para salir a pasear alrededor de mi casa. Me gusta el silencio del verano por la mañana. Es lo más difícil de encontrar. No ya una playa. Una montaña. Un lugar. Sino el silencio. El silencio es el lugar de nunca jamás. Ha volado delante de nosotros sin que nos demos cuenta siquiera. Se ha ido.

Ya casi no quedan lugares donde no se oiga nada, o donde se oiga lo que debería oírse. Sin más. Y hay tanto silencio en mi paseo que oigo mis propios pasos, y el rumiar de las vacas que han dormido al raso. No les gusta que les haga fotos, así que las miro, las saludo con una fugaz mirada de soslayo, y sigo mientras dejo a mi espalda las vacas doradas por el amanecer, al que miran con grandes ojos soñadores. Me pregunto qué piensan del día, del verano, de la noche al raso bajo las estrellas, del estridular de los grillos.

Sigo mi camino. Hay muchas mariposas. El sol las despierta y me doy cuenta de que lo buscan. No se posan donde no hay sol. Como cuando vuelan sobre el mar, muy bajas, ¡cuántas veces! las he visto por la ría volando casi al ras, subiendo y bajando, sin tocar jamás la superficie marina pero como si el sol, rebotando en el cristal del agua, las sostuviera para volar, porque buscan esa distancia, que no es mayor de un palmo y que siguen al pie de la letra marcando las ondas del agua, de manera que jamás se mojan, al trazar también con su vuelo la curva de las olas.

Y así, como por un mar que no quisieran, siquiera, rozar, vuelan en el campo por las sombras, hasta que dan con la tierra firme que es el sol sobre una flor. De manera que mis pasos no las asustan. Puedo incluso hacer ruido, sacar la máquina de fotos, que no se molestarán como las vacas. Pero ¡ay! si les doy sombra. Entonces huyen.

No acabo de ponerle nombre a todas las mariposas que veo, pero puedo distinguir a una loba de tonos pardos que casi ni se ve entre la hojarasca de verano del eucalipto, ese árbol que es como un reloj que avanza en sentido contrario, al venir de las antípodas, con un tiempo que no es el que vive toda la Naturaleza a su alrededor.

También hay mariposas blancas de la col, con pintas negras, y alguna especie más, que de lejos me parecen saltacercas. Todas buscando el sol de la mañana.

Un señor encorvado con pantalón gris, camisa azul y boina negra, pasa por delante de la señal de una dirección que no va a ninguna parte porque allí acaba el camino. Tiene todo el valle al fondo. Me parece, de lejos, que conforma una estampa, y contraviniendo mi propio criterio de no hacer fotos a mis vecinos, enfoco de lejos y le saco una foto donde noto, como si se me clavaran, sus ojos furiosos. Me arrepiento de inmediato. Jamás hay que llevarse la contraria a uno mismo. Nos volvemos como el eucalipto, con el reloj del revés, hacia atrás, en contra de nuestro propio ser.

La fuerza de una mirada recorre metros de distancia en décimas de segundo.

Puede que el pensamiento viaje a mayor velocidad que la luz.

La luz que ilumina un paseo por lugares donde nunca fui.

(Continuará)