Un verano distinto

Hay verano distintos, como este de 2018.

La última vez que viví un verano distinto estaba embarazada de mi hijo mayor.

Todo el mundo se fue de veraneo, menos nosotros. Mis padres no se fueron también porque mi abuela Mary estaba hospitalizada y habían establecido unos turnos para cuidarla.

Vivíamos a las fueras, en una de esas urbanizaciones que ni es pueblo ni es ciudad ni es campo ni es nada, pero donde tienes de todo. Y nosotros teníamos un jardín con un pino cuyas acículas no dejaban crecer la hierba debajo. Y teníamos nidos de mirlo entre las arizónicas con las que tratábamos de no ver a los vecinos que al final veíamos de todos modos cuando entraban y salían, o cuando desde nuestro dormitorio escuchábamos la catarata de la cisterna de su baño. No hay intimidad en las urbanizaciones. Puede que no haya intimidad en ningún lado; y si quedaba alguna, ya se han encargado las redes sociales de hacerla añicos. Nada se vive ya para sí. Imagino que esto tendrá consecuencias a largo plazo en la conformación del pensamiento humano. La cultura vacía. La existencia como escaparate.

Trato de verme así, en aquel verano, como en un lejano escaparate, y me veo embarazada, bajo un ventilador de techo, tumbada de lado porque no me podía echar de otra manera, las sábanas en los pies, el ventilador dando vueltas, la persiana echada casi hasta el suelo, dejando pasar los rayos por esas rendijas que parecen acículas de luz donde todo el polvo del aire se revela.

Después se hacía de noche, y salíamos afuera a respirar un poco en una terraza que teníamos encima del garaje sobre la que habíamos puesto una mesa y unas sillas sobre las que mi marido y yo entreteníamos, noche tras noche, la espera jugando los dos, más solos que la una, al tute. Puede que jugar a las cartas sea como montar en bicicleta, que no se olvida, pero no creo que hoy pudiera acordarme de este juego de cartas, porque no volvimos a jugar nunca.

Me recuerdo también planchando de noche en el jardín, tal era el calor que hacía dentro de la casa.

Planchando a oscuras bajo las estrellas.

De vez en cuando, bajábamos a Madrid a ver a mi abuela para que me tocara la barriga. Tenía cien años pero, bajo su pelo blanco, nunca perdió la cabeza y estaba muy preocupada porque decía que tenía yo la tripa dura.

Murió a los pocos días de nacer mi hijo.

Su última voluntad fue que le compraran al niño un juego infantil de platos de cerámica que, medio roto, aún conservo.

Las últimas rosas que dio el jardín fueron para ella.

Pero no recuerdo aquel verano como algo malo, sino como un verano distinto.

El verano más real.

El verano más vivido.

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