Playa de Aguete

Los días nublados descansa la playa.

Es lunes y es muy temprano y está vacía; nada que ver con el día anterior a las diez de la noche, con el sol todavía suspendido como una luna sobre el horizonte, al atenuar la calima la calidez de sus rayos en un domingo que fue abrasador, y por eso, llegadas las diez de la noche, ahí seguían las familias alargando el día en la playa durante esa hora del crepúsculo donde todo lo que es de verdad parece de mentira y que en algunos lugares llaman lubricán, y en Galicia luscofusco.

Todo era dorado y era irreal, el corro de señoras charlando en sus sillas de playa, los niños jugando en la arena, incluso la cálida temperatura del aire y del agua mientras anochecía sobre un panorama más propio de las doce de la mañana.

Pero esta playa de Aguete, para apreciarla, hay que verla vacía.

Es entonces, como esta mañana, cuando divisas la media luna perfecta que traza el agua sobre la arena, y cómo está dividida por las piedras en tres playas que son una misma, con el mismo nombre, aunque según desde donde hables, sea la playa de aquí, o la del centro, o la de allá, aunque todas sean la playa de Aguete.

Incluso con el día nublado, lo que nos llama la atención es la claridad caribeña del agua, donde se transparentan piedras que más que pedruscos parecen meteoros caídos del cielo, sobre una arena muy blanca y tan fina que espolvorea, como la harina sobre un bizcocho, esas mismas rocas que separan en tres la playa.

Entre las grietas de esas rocas aparecen plantas marineras florecidas como el eneldo marino, la “hierba de namorar” (Armeria maritima) y unas hierbas de hojas tan largas y finas que parecen sedales verdes de pescar.

La vista se detiene al pasear también sobre los agujeros que dejan al salir las pulgas de mar que se orientan por el sol y por la luna; y en la belleza de las hojas de laurel, ocres ya de sol, con alguna rosada de eucalipto, caídas sobre la arena, porque lo más bonito de la playa de Aguete no es el mar sino el dosel arbóreo que tiene detrás, donde lo mismo hay laureles que robles, componiendo una imagen de bosque y de playa, con la arena blanca salpicada de grandes piedras, verdaderamente maravillosa.

Esto nos lleva a ver las gaviotas reidoras con las palomas torcaces que se asoman al océano, aunque al marcharse hagan el mismo ruido al volar que cuando escapan del sembrado al abrir yo la ventana. También esta mañana vi una pareja de colirrojos tizones, volando alegremente y posándose de vez en cuando sobre las piedras de la orilla para mezclarse todo en la vista, el mar y la tierra, la gaviota y el pájaro, el azul turquesa del agua con el verde profundo de las hojas del roble.

Había también algas verdes cuyo nombre no recuerdo, abiertas sobre la arena, con la forma del árbol que no eran, mientras iba dando yo las gracias por el silencio del día nublado que tuvo la playa.