Bonifacio

Todavía con la sal en los ojos escribo unas líneas apresuradas sobre lo que he visto, ya que puede que sea el paisaje más hermoso que he contemplado por mar en mi vida, y no quiero que se me vayan las palabras de las manos, ni el paisaje azul de los ojos.

Cuando sales a navegar desde el norte de la isla de Cerdeña hacia el sur de la isla de Córcega, a eso de las nueve de la mañana para que el mar parezca un aceite azul, vas dejando atrás oleadas de montañas petrificadas, porque todo es acantilado y faro y roca muy clara; y verdor de encina y de alcornoque y de sabina con toda la montaña, como otro mar, a la orilla; y esta suerte de cordilleras verdes y blancas detenidas en el tiempo son azules como las olas en la lejanía.

Lo tranquilo es el agua que abre el Blue Six con tal limpieza que dibuja la aleta de una sirena en su estela y a la que se asoman, al igual que hacen los estorninos yendo tras la estela de los tractores, toda suerte de aves marinas que también utilizan este estrecho del mar Tirreno, el estrecho de Bonifacio, como si el aire entre las dos islas fuera una calle invisible, y quién sabe, o sí, porque ya lo sabemos, también una calle sumergida para peces como los atunes.

Pasan por aquí miles de pardelas cenicientas mediterráneas, y con la gracia de alguien que hiciera esquí por el aire van trazando ondas de un lado a otro de la estela, volando muy bajas, de vez en cuando haciendo un giro con las alas abiertas en cruz que nos deja ver la claridad de su pecho, pero con tal rapidez que es casi imposible, o al menos para mí, fotografiarlas, al jugar como delfines con las olas que deja el barco en su travesía.

Te siguen las pardelas todo el rato y aunque el viento te cierre los ojos, no tienes más que abrirlos un poco para darte cuenta de que todo son puntos negros, o blancos, volando muy bajo, por lo que no te extraña que llamen a estas aves que no se acercan a tierra más que para la cría, siegamares.

También había negrones, esos patos marinos que parecen un humo negro volando sobre el agua cuando en bandadas, formando casi una hilera, se ven como puntos suspensivos sobre el azul del mar. En este caso no volaban, sino que estaban posados con la misma tranquilidad del agua sobre la que flotaban.

Tras dos horas de navegación, empezamos a atisbar lo que nos esperaba y que a mí me hizo llorar al no caberme tanta belleza en la mirada y ver que además, en lo más alto, un halcón de Eleonora (Falco eleonorae), que me había prometido a mí misma ver antes de morir, nos sobrevolaba justo cuando entramos por las bocas de Bonifacio, unos grandes cortados calcáreos horadados de agujeros gigantes con el aliento del mar, cuevas inmensas y oscuras junto a la claridad de una piedra que se deshacía en estratos blanquecinos y un agua que se multiplicaba de esmeraldas.

¡Cuánta belleza!

Todo era mar y acantilado y cielo azul y brisa de aire ya de verano, todo abrazándote para que jamás lo olvidaras.

Para luego entrar por un laberinto de acantilados y de balizas, una suerte de ría estrecha, de fiordo mediterráneo, conformando un puerto natural al que arribamos entre farallones blancos, verdor de montes, aguas cristalinas, halcones, cormoranes, vencejos reales y gaviotas.

Y, al alzar la vista, Bonifacio, con sus casas del color de las piedras y sus contras venecianas de madera pintadas con el gris francés más exquisito en fachadas de tal humildad que ni portales tenían, pero con esa belleza inigualable de la sencillez que jamás poseerá un castillo.

Esa belleza que es azul y verde y cristalina.

Blanca como la sal del mar.