Feria del libro

Han empezado a montar las casetas blancas de la Feria del Libro de Madrid.

Paso caminando cada mañana, muy temprano, a eso de las ocho y media, por el paseo de Coches donde contemplé hace unos días la descarga, y ahora todo el montaje de las casetas.

A esas horas, el estanque del Retiro está vacío, de un verde muy oscuro, umbrío, con alguna familia de patos azulones que abre una estela en “V”.

Tiene una calma el agua de día que empieza, aún sin surcar por las barcas que llenan el estanque cuando el sol está ya en lo alto y el agua se vuelve de un verde muy claro. Uno de mis hijos suele decir que no entiende que alguien pague por navegar en estas aguas. Pero es que no hay en Madrid, al menos en el centro, tanta agua junta.

A mí siempre me ha gustado este estanque. De pequeña, cuando me traían al Retiro mis padres, o mi abuela Paz a ver la Casa de las Fieras, cada vez que veía el estanque, decía que yo quería tener una casita en el Retiro; y cuando lo decía, no me refería a las casitas que hay por el parque del Retiro, hechas tal vez para los guardas uniformados de manera muy llamativa, que creo recordar había entonces, sino al monumento a Alfonso XII del estanque, grandioso, con la escultura ecuestre en lo alto, y que por alguna razón que se me escapa ahora, yo llamaba “casita”. También le prometía a mis padres que a ellos les regalaría otra, porque en la imaginación de una niña caben todos los palacios que sean necesarios, y en la mía había muchos ya que había leído a Andersen desde muy niña, la princesa del guisante, la reina de las nieves, el patito feo, los hermanos que se convertían en cisnes, y todo en la imaginación eran ya pájaros y palacios.

Como para ir a grabar debo cruzar el Retiro, me encuentro ahora, en el silencio del parque, con los ruidos del montaje de las casetas, que empieza con toda probabilidad muy temprano porque cuando paso ya se ve que llevan un buen rato trabajando. Si no tuviera prisa a esas horas, me detendría para hacer unas fotos en el mismo lugar y a la misma hora, de manera que pudiera seguir así, día a día, fotográficamente, el montaje, que resulta curioso porque empezaron por una suerte de gran caseta central, que se diría que será su refugio mientras construyan el resto, y luego fueron levantando unas vigas blancas verticales que hacían un efecto muy bonito al pasar, como de imagen que se refleja en un espejo hasta el infinito.

Porque mira que es grande este paseo de Coches, y recto, orlado de una arboleda de la que sale a esas horas, en el silencio interrumpido sólo por la maquinaria, el relinchar del pájaro carpintero, Picus viridis, cuya voz me sorprende escuchar aquí, y no en el bosque, o su tamborileo sobre los troncos que sonó el mes pasado, trabajando igual que hoy los carpinteros de la feria.

Todo se oye a esas horas en las que no hay más que algunas personas paseando o corriendo, y algunos jardineros, y policía también vigilando todo, pero personas al fin que van calladas, como si la voz también amaneciera más tarde; lo cual hace que se escuchen todos los ruidos de una manera muy clara, los pasos al correr y resbalar en las zapatillas la arena, el respirar de la gente, y esos martillazos que dan los operarios que están haciendo casetas, o casitas para los libros, con todos los pájaros cantando al fondo.

Yo estaré en la caseta de Espasa del Grupo Planeta, y allí firmaré libros el sábado 9 de junio de 12:00 a 14:00 horas de la mañana.

No sé todavía cuál, de las que veo al pasar, será mi caseta por unas horas.

Imposible no acordarme de mi padre, al que le prometí firmar juntos, y un palacio en el Retiro.