Las orcas

Nos envía un amigo, Perico Durán, un video grabado este fin de semana pasado entre Águilas y el Cabo de Gata por unos conocidos de su hermana.

En el se ve, con la transparencia de aquellas aguas, a dos orcas que me parecen muy jóvenes, donde se aprecia que son las orcas delfínidos, al jugar de la misma manera que los delfines con los barcos.

No ya sólo es que salten tras la estela, sino más bien que avanzan en paralelo como suelen hacer los delfines mulares que hay en las rías gallegas, sumergiéndose a tan poca profundidad que se les ve como en un escaparate imposible de alcanzar, de una belleza, tras el agua, que parece de otro mundo, mientras bucean, saltan y nadan al unísono con la lancha, adaptadas a su misma velocidad.

No deja de resultar asombroso que haya orcas (Orcinus orca) en nuestras aguas, por más que sepamos que hay cinco grupos de orcas que pueden considerarse ibéricas, endémicas del estrecho de Gibraltar y del golfo de Cádiz, ya que genéticamente forman una población aparte.

Desde hace miles de años, se han especializado estas orcas en el paso de los atunes que estos días de mayo entran desde el Atlántico para ir a las áreas de puesta en el Mediterráneo.

Y es en este paso donde las orcas, tanto de ida como de vuelta, los esperan, aunque estemos hablando de atunes rojos (Thunnus thynnus) que pueden ser tan grandes como un toro de lidia ya que hay ejemplares que han superado los 600 kilos de peso y los 3 metros de longitud. Lo habitual son tallas mucho menores, y aún así son peces enormes que sin embargo, cuando los pescan, dejan la cubierta de los barcos brillando de escamas pequeñas como las de una sardina.

Todo lo que rodea al atún me parece fascinante. Su longevidad: que pueda vivir 35 años. Su puntualidad en el paso por el estrecho de Gibraltar. Y esa fidelidad a la zona de reproducción. Pero, por encima de todo, la relación interespecífica que hay entre las orcas y los pescadores artesanales que contribuyen, sin haberlo pretendido, al mantenimiento de la orca ibérica, gracias a que una parte de esa población de orcas ha podido reproducirse y sacar adelante a sus crías por la disminución del esfuerzo que supone no tener que perseguir a los atunes hasta agotarlos.

Dicen que hay atunes que llegan a saltar a las playas si los persigue una orca, o que se sumergen a grandes profundidades, de 500 a 1000 metros, huyendo de ellas.

Todavía hoy, hay quien no sabe que en nuestras aguas viven las orcas que podemos considerar ibéricas.

En el video, aunque con los lógicos gritos de sorpresa y entusiasmo de quienes las estaban contemplando, resulta precioso observar con qué limpieza saltan y surgen del agua estos animales que parecen tener las ondas dibujadas en su piel de un universo aparte.

De cuando el mundo era todo blanco y negro, sin grises.

Maravilla pura.

Brillante como el agua del principio de la vida.