Sol de abril

Huele a sol.

Así amaneció hoy el día, con olor a sol, como para que lo escribiera Camus.

¡Cómo van los ríos! bajo este sol, llenos de agua y de tierra.

Pero en la ciudad se han secado los charcos y las riadas son sólo de gente que camina de otra manera, al paso, sin saberlo, de los latidos bajo el asfalto del corazón de la tierra.

Hay más turistas, personas que hablan en idiomas distintos, mirando las mismas cosas, y pensándolas de otra forma, al cambiar las palabras en su pensamiento.

Aunque siga haciendo frío, se nota ya el respirar del calor a la vuelta de la esquina con esta claridad que avanza por la terraza y toma el territorio que, hasta hace sólo unos días, era de la sombra.

Están ya los granados con sus primeras hojas, aún muy rojas, anticipando el color del fruto, y de esas flores también rojas que cuando caen parecen estrellas sobre un fondo marino. Los prunos han florecido de rosa por las calles, y también de blanco y verde los cerezos de aves, además de los viburnos que dan unas flores muy blancas y luego unos frutos muy azules y cerúleos, de pluma de pavo real.

En las macetas, han vuelto a salir las pamplinas, lo cual me ha recordado a mi estancia en Salamanca, donde me quedé asombrada la semana pasada con la belleza de la luz sobre la Plaza Mayor a última hora de la tarde, que es cuando la piedra y la luz del sol, bajo un cielo muy azul, parecen una misma cosa.

En Salamanca, a estas plantas que se dan también al pie de los arroyos y que por ello hay que lavar muy bien para quitarles todo el barro, las llaman marujas en vez de pamplinas, y quizás viene, pienso ahora, de murajes, que es otro de los nombres que reciben las insignificantes pamplinas (Stellaria media y Samolus velerandi ) tal vez por darse, como poemas entre parentésis, también entre los muros de las fuentes. Las que me dieron el otro día para cenar en ensalada en el magnífico restaurante de Salamanca "Río de la Plata", aderezadas por las manos de la excelente cocinera que es Pauli, estaban riquísimas; y según me contaron mis anfitriones, eran enviadas habitualmente desde aquí a la Duquesa de Alba, si no podía ir a comerlas, porque adoraba las marujas.

Tiene hoy todo por las calles el olor de otros años, que reconocemos igual que al principio, como si no pasara el tiempo por este sol de abril. Los edificios, con esta luz, parecen más claros y más quietos; y así veo esta tarde la torre del campanario de la iglesia de San Manuel y San Benito envuelta en azul de niño bajo unas nubecillas blancas muy inocentes.

A punto tienen que estar de sacar a las aceras los helados.

Hay menos ruido sin embargo en la calle, y más pasos y más voces, y en los colegios un griterío de niños, que se parece al de los pájaros en lo alto de las ramas.

Tiene todo una luz de Canaletto que debió de pintar cuando la primavera empezaba a oler a sol y a verano en Venecia.