La Pascua florida

Es la luz la que escribe estos días llenos de nidos y de flores.

Primero la luz de la luna llena, el plenilunio que a veces se nos olvida que tiene la Semana Santa, esa luna que nos vuelve locos porque nunca sabemos a ciencia cierta si caerá en marzo o en abril, y que varía todo porque hace de frontera esta luna llena, entre los días de invierno y los de verdadera primavera.

Ha sido volver a Madrid y encontrar los narcisos de las macetas florecidos, al igual que los silvestres del campo, los Narcissus triandrus, de tres estámbres, que parecen campanas de un amarillo muy pálido, que tocaran una melodía sorda con el viento por los prados, donde las vacas no los prueban, ni los pisotean; o si los pisan, se diría que se yerguen de nuevo, porque se ven salpicando el verdor con una palidez que sin embargo tiene una fuerza tremenda en el paisaje, al llevar la energía que hay dentro de la tierra.

Me pregunto cómo se ponen de acuerdo, cómo puede ser que estos narcisos más antiguos, pálidos y salvajes, emerjan de un bulbo en sincronía con los cultivados aunque no tengan ya casi nada que ver, al ser los de ciudad de jardinería y estar viviendo en una maceta con las raíces en una isla de tierra; al contrario de los narcisos que se dan tan bien en los terraplenes, y que ves al pasar, moviéndose como pájaros que fueran cometas, atados por su tallo a la verdadera tierra.

Y entonces colijo que sólo pueden ser dos cosas, las que los unen, puesto que el clima y la meteorología son muy distintos para estos narcisos de Madrid, que hoy corté para poner en un jarrón en la mesa, y los que he visto por Galicia. Y esas dos cosas son: la luz del día, y las vueltas que da la Tierra. Porque al estar enterrados, ¿cómo puede saber un diminuto bulbo de narciso que ha llegado la primavera? Da igual que esté en una maceta o en el pasto, es imposible que vea la luz si está sumergido como una cebolla en un cesto de patatas, a las que, por cierto, había dejado tapadas con un trapo blanco de cocina y que me he encontrado ya con los ojos, esas raíces verdes que le salen justo ahora que se van a partir en pedazos para plantarlas.

Cuando llegamos a nuestra casa de Galicia, donde vivimos veinte años, con todos sus inviernos y sus primaveras, estaban sembrando patatas.

Recuerdo que era una tarde de abril, tras la Semana Santa, y que llegué yo vestida casi de verano, con una falda corta y blusa azul de topos blancos. Tiene gracia. Esos lunares blancos como de luz se llevan también ahora, quizás algo más grandes, la moda también cuenta las vueltas que da la Tierra y trae de nuevo lo que ya hubo.

El contraste de mis zapatos de pulsera y tacón azul, las medias, la juventud intacta, y esa quietud de un verde brillante de los campos que se araban con una burra y un arado de hierro que después, como un ancla del tiempo, me regalaron. Y el paisaje. Y el aire. Y las flores. Ese olor a hierba segada, a tierra abierta, a flor de cinamomo. Y los niños tan niños. Y la vida toda nueva. La Pascua florida de la vida que hace siempre que vuelve para que no lloremos por la marcha del tiempo.

Ahora que, como las flores, hemos aprendido a contar las vueltas que da el mundo.