Lago de Sanabria

No iba al lago de Sanabria desde que era niña.

Bueno, de alguna manera volví a serlo cuando al pasar por delante del letrero que indicaba el desvío pedí a mi marido y a un amigo con quien viajábamos en coche hacia Galicia, que por favor, fuéramos. Nadie quería entretenerse, así que no insistí mucho ya que entre la ida y la vuelta y la parada en el lago y la comida, podríamos alargar el viaje unas diez horas, como así sucedió finalmente.

El caso es que no sé cómo solicité que fuéramos, porque ya digo, fue casi en voz baja, más bien para mí misma…. “no he vuelto desde que era niña”… y tal vez por esa falta de insistencia, o porque desde el 8 M las mujeres nos hemos visto dotadas de una nueva fuerza, que a lo mejor ya la teníamos, pero que aún no habíamos descubierto, que es la de llevar nuestro destino exactamente hacia donde queremos, ninguno de aquellos dos hombres, para mi sorpresa, se negó a darme el capricho de ir a ver el lago de Sanabria.

Y digo para mi sorpresa porque hacía un día de perros, con una ventisca de nieve, más bien cellisca ya que la nieve era sólida y dolía en la cara, como si cada copo estuviera lleno de trocitos de hielo que cellisqueaban no en vertical sino en horizontal igual que la sábana de un tendal con un vendaval.

Fue salir del coche y no sólo me empapé de pies a cabeza sino que era tal el frío que hacía que me dolía la nariz y la frente al inhalar el aire helado. No había dónde resguardarse porque todo estaba cerrado, las playas del lago desiertas, cubiertas de una suerte de algas que no me pude acercar a ver porque el viento me lo impedía y sólo acerté a atisbar el vuelo de una lavandera en la orilla, con su plumaje blanco y gris, a juego con las montañas, blancas y negras, y con la espuma de unas olas que parecían las de un océano. Según nos dijeron después en “El Ruso”, donde comimos, nunca se habían visto tantas olas en el lago. Hasta mis acompañantes, que esperaban contemplar una suerte de pantano, se quedaron anonadados, ya que parecíamos estar en un fiordo noruego, decían, aunque a mí más bien me recordó, aunque muy de lejos, a los glaciares de Alaska en miniatura, pero con la misma grandeza de los lugares que están hechos de un tiempo para la Humanidad desconocido.

Leo ahora que éste es uno de los lagos de origen glaciar más grandes de Europa, y el mayor de España, con una profundidad máxima de 53 metros, y que a veinte metros hay dos castaños enormes sumergidos como en un cuento con la madera más intacta que si estuvieran en tierra.

También me entero, aunque no sé por qué creí que fuera en el embalse de Mansilla donde estaba ambientada la novela de Unamuno, que es aquí donde está situada la aldea imaginaria de “Valverde de Lucerna” del “San Manuel Bueno, mártir” que tanto me impresionara cuando leí el libro hace ya muchos años, con ese “quiero creer que creo” que no he olvidado, que Miguel de Unamuno empezó a escribir con la imaginación tras contemplar el lago de Sanabria.

Lo habitual es que cuando regresas a los lugares de la infancia te decepcionen un poco, pero no me ha sucedido a mí con el lago, porque no lo recordaba tan azul ni tan frío ni con tanta montaña blanca al fondo; ni con esos robledales de roble melojo con las hojas marcescentes, esperando a un marzo que parece no acabar de llegar para empujar con las hojas nuevas a las viejas del año pasado.

Y así el colorido del cielo, blanco, gris y azul; y los bosques y todos sus grises y violetas orlando el agua, que era de un azul acero, profundo, extraño, irreal; y esas playas como de ría gallega con su arena dorada, son hoy un recuerdo mucho mejor que el de hace años.

Mi marido y su amigo Rafael, se quedaron asombrados como niños.

Nadie debería morirse sin ver, al menos una vez, este lago.