Primavera 2018

Empieza mañana martes, día 20, la primavera.

Ahora mismo hace sol, sobre un cielo muy azul, cuyos rayos devuelven los cristales de las ventanas al espacio de donde vinieron.

Hace un rato nevaba.

Me gustan estos cielos madrileños, de nubes negras, grises y blancas.

Yo, en realidad, no sé qué tiempo hará esta primavera, pero sí puedo atisbar que habrá mucho fitoplancton en el mar, tras los arados de los temporales de invierno, de manera que a vista de pájaro se podrán ver esas grandes manchas rosadas que anuncian que el mar también ha florecido; y a lo mejor, con suerte, se podrán observar hileras de cinco kilómetros anaranjadas, flotando a la deriva, que son las huevas de los boquerones cuando desovan.

En las orillas, las algas laminarias que al principio de la primavera no son más que un disco agarrado a la arena, darán talos grandes como árboles, dorados como el ámbar, gruesos como un abrigo. De hecho, abrigan estas algas a la costa, al detener los embates de las olas y las mareas.

Las rocas, se llenarán de diminutos mejillones, pequeños como la punta de un alfiler, llamados mejillas, que serán recolectadas para amarrarlas a las cuerdas de las bateas de manera que crezcan como las flores negras de un bosque de cabos sumergidos, entre los que nadarán los peces ballesta y esos congrios de dos metros de largo que serpentean por las calles si se escapan de una pescadería, ya que pueden vivir varios días fuera del agua.

Por las noches, los cardúmenes de peces, darán brillos fluorescentes y azulados al mar, y de lejos parecerá que no sólo hierve el agua, al asomar la boca las sardinas, o al dar una vuelta todas juntas haciendo un ruido de campanas de cristal con la cola; sino que el mar parecerá tener allí luz propia ya que un microscópico organismo dinoflagelado que al menor movimiento produce luz fría, florecerá a millones en primavera, acompañando su luz a los cardúmenes de sardinas. Pero también cada cabo que caiga al mar, cada gesto de hundir la mano y salpicar, o cada vez que un delfín de noche salte fuera del agua, brillará con esa luz que parece hecha de estrellas.

En las orillas quedarán varadas las puestas de las sepias, ese testamento que dejan en forma de racimo de uvas negras, ya que la sepia muere tras la reproducción, amarrando antes a las algas, o a los ramos de laurel que los marineros hunden con las nasas, estas puestas que parecen uvas, donde, al apretarlas, lo que sale no es una pepita sino una sepia diminuta y perfecta.

Entre las rocas de los acantilados, ya habrán nacido los pollos del cormorán que parecen tres esponjas de mar en su nido de algas, mientras los padres bucean con los ojos verdes abiertos, buscando la pesca que también florece con los días en los que la luz crece y se hunde y toca a cada una de las especies en la cabeza, los hombros, las ramas, para decirles que ha llegado su oportunidad de seguir sobre la Tierra.

La primavera no es sólo flores y polen.

Es mucho más.