El viento

Hablan en la cafetería del viento.

Del viento frío que soplaba esta mañana, antes de entrar a trabajar, porque el viento es como el agua de un río que no pasa dos veces por el mismo lugar.

Se va volando aunque sople todo el día como hoy, un viento desapacible que también nos llevó a hablar del viento a mi hijo mayor y a mí, mientras esperábamos, bajo los andamios del ayuntamiento de Madrid, el autobús amarillo que va hasta el aeropuerto.

Del viento siempre me ha gustado escribir para que al menos no se lleve también las palabras. Escribir de las podas que el viento hace en el bosque sobre las ramas cuando sopla a más de setenta kilómetros por hora, realizando una poda natural que deja unos nudos vivos sobre la madera que son opacos.

En cambio, cuando la rama se seca y no cae y se queda pegada al tronco, los nudos de esos tablones son traslúcidos y dejan ver la luz como una ventana de ágata. Todo esto me lo contaban los carpinteros, mientras soplaba el viento, y las ramas de los eucaliptos, haciendo de vela, parecían rugir y, en las noches de viento, querer irse volando como cohetes hasta la luna.

El viento en una casa en el campo tiene mucho de galerna, porque llega por todas partes, igual que el océano a un velero. Y allí estás tú, agazapada en la casa como si fuera una madriguera, esperando que escampe, o al menos que deje de soplar el viento, para salir afuera, porque ese podar las ramas, tumbando en ocasiones el árbol entero, hacía que no salieras mientras soplara el viento, que es peor que la lluvia que, como mucho, puede mojarte; pero el viento cortar un camino, desprender las tejas del tejado, o dejarte sin luz varios días.

Se veían esta tarde en Madrid, moverse las ramas de los árboles con el viento, y además de mirar hacia arriba, por miedo aquí, no a que te caiga una rama, sino algo de una obra, se inclinaban los árboles como las espigas de un sembrado mientras el viento pasaba entre las calles, siguiendo el laberinto de los edificios, lo cual hace que en algunos lugares de la ciudad haya más viento que en otros, aún siendo el mismo viento, como en la plaza de España, donde suele soplar el viento como si allí se desbordara el aire.

Y aunque no me guste, he de reconocer que me parecen más vivos los árboles en la ciudad cuando hace viento, porque mueven las ramas como si saludaran, diciendo que están aquí, compartiendo sus días con nosotros, también los de las noticias más tristes e incomprensibles, brillando como lágrimas las hojas de los magnolios tras la lluvia, con su verdor de estanque oscuro, y a la vez con tanto brillo como las algas fluorescentes del océano.

Un océano de viento.