Seguir creando

Siempre me gustó la idea de Julián Marías cuando escribía que le resultaba excesivo el adjetivo “creador” aplicado a la persona, ya que creador es sólo Dios, por crear de la Nada.

Es por ello que tal vez deberíamos considerarnos, los que hacemos algo con la Nada ya hecha, recreadores, puesto que trabajamos con materiales que no hicimos, en mi caso las flores, la luz y los pájaros.

Viene esto a colación porque llevo durante varios días pensando en mi amigo Javier Reverte, y en, a su vez, su amigo Forges, recientemente fallecido, del que ahora hemos sabido que se le había retirado la pensión y puesto una multa.

Siempre tuve predilección por el capítulo del humorismo en el libro de Ramón Gómez de la Serna, titulado “Ismos”, que no tengo ahora por aquí pero en el que recuerdo bien que el humorismo quedaba definido como en ningún otro lugar, que yo haya leído, aunque haya muy poco de lo que reírse en este asunto, que llevó a sufrir, o al menos a quitarle el sueño y el buen humor, al maestro del humorismo que imagino ya con Mingote.

“La actitud más cierta ante la efimeridad de la vida es el humor”.

Ignoro en qué consiste este conflicto, pero según tengo entendido tiene algo que ver con lo que se han llamado royalties, y ahora regalías, que son lo que los libros te “regalan” cuando llevan ya tiempo escritos, y al año siguiente, o por un golpe de suerte más adelante, resulta que dan unos beneficios que superan no sé qué cantidad que provoca que, de pronto, tras haber cotizado toda la vida, te encuentres con una multa y sin pensión, por haberlos escrito.

La profesión de escritor, si es que se puede considerar como tal, da la impresión de ser un trabajo de vagos, ya que se puede escribir, como si se leyera, desde la cama, como hago yo ahora mismo sobre la mesa de trabajo que mi abuelo hizo para sus hijos cuando se ponían enfermos, que esto de escribir no tengo yo claro que no sea también una enfermedad; una mesa de madera tan grande que cabe el ordenador y muchos libros, y hasta un té con galletas y un cuaderno de apuntes, para estar cómodamente escribiendo entre almohadones, y sin embargo nada resulta más cansado, al menos para mí, que la escritura. Como decía mi madre: prefiero limpiar todos los cristales de la casa. Hay veces, que necesito incluso cerrar las persianas o las contras, según el lugar donde escriba, y quedarme a oscuras para escribir, o como en la biblioteca, con la luz que viene en línea sobre el pupitre mientras pasas las horas escribiendo, tan a gusto, en ese calor de bosque que dan los libros, y cuando miras de pronto hacia arriba, te da rabia que no se pueda entrar con una cámara, ni hacer fotos con el móvil, porque se divisa en la cristalera del techo, en cuanto se va sin darte cuenta la luz del día, al hacer la oscuridad en el cristal de espejo, a las personas diminutas con la cabeza baja sobre los libros abiertos, aquí y allí como casas encendidas, en sus pupitres, conformando una de las imágenes más hermosas que he visto en los últimos días, la gran cristalera del techo del Salón General de la Biblioteca Nacional dividida en radios de metal, brillando de personas cabizbajas y de libros abiertos.

Al salir de allí, me da de pronto el aire de la calle, y entonces, sólo entonces, me doy cuenta de lo cansada que estoy, porque la escritura cuando te agota no es mientras escribes, sino cuando pones el punto y final.

Javier Reverte, no sé cómo escribe, pero él además casi siempre está de viaje, escribiendo mientras deambula como un vagabundo, sufriendo en ocasiones situaciones de peligro. Una buena parte de África la he recorrido leyendo sus libros.

No me gusta nada esta sensación, que me recuerda a la que ya tuviera en Cuba.

Esta falta de respeto por la creación, o la recreación.

Siempre imaginé a Dios muy mayor, con el pelo blanco.

No habría mundo, con el artículo 165.