Almendros

Este año vienen retrasados los almendros como si sus flores se hubieran quedado dentro de las ramas.

Intento definir qué es un almendro para un diccionario que compongo a cada paso, de una manera muy lenta, igual que deambulo dando un paseo, tropezando con las palabras como si fueran las piedras de un camino, deteniéndome a veces a mirarlas; y así, definiendo “almendro”, me encuentro de pronto que regañar no es sólo reñir, como venía pensando hasta ahora, sino también mostrar un fruto maduro su interior; de tal manera que se puede escribir que regaña la granada que se abre; o la parte carnosa de una ciruela o de la almendra, al separarse dejando ver el hueso.

Hace unos días, creyendo que ya estarían florecidos, nos acercamos a ver los almendros de un parque madrileño que tiene ese no sé qué de tristeza de los parques, entre los gritos alegres de los niños, sólo que aquí no había niños, porque era la hora del colegio, y hacía un frío invernal que bajaba de la sierra para helarnos las caras. Yo llevaba un sombrero de fieltro granate. Y guantes. Y botas. Pero el frío subía por el suelo y volaba por el aire. No había casi pájaros. Alguna urraca, y un petirrojo que se fue acercando mientras le silbaba, esperando tal vez alguna miga de pan. Estaba delgado, a pesar del plumón hinchado por el frío. No había casi nadie, sólo ese ruido continuo de coches de las ciudades desalmadas donde el eco de las voces de la gente se apagó hace tanto tiempo que ya nadie recuerda lo que era oír la voz de una persona en la calle, su risa, su conversación, su silencio. Una motosierra, o algo parecido, se oía también más en primer plano, por encima del runrún del tráfico que es ya un telón de fondo en casi todas partes.

Y entre ese frío y esa soledad y ese tiempo congelado en las ramas de los almendros, se veían algunas flores, prácticamente ninguna, cuando ya tenían que tener algunas, o tal vez no, por este invierno que ha traído grandes nubes de mosquiteros, pájaros inquietos, inocentes y claros que en bandadas he visto incluso en la terraza madrileña de mi azotea, en pleno centro, huyendo del frío.

Al menos de Alicante, me he venido con el recuerdo de Orxeta, donde he comido una paella con alioli como en pocos lugares, y en cuya vega, entre el mar azul al fondo y la sierra muy clara, vi florecidos por vez primera este año, al fin, los almendros, algunos al resguardo de esos muros hechos de piedras que llaman por varias comarcas cortinos, y que podrían también llamarse espejos, porque si bien no reflejan la vista del paisaje, sí devuelven la luz y el calor del sol, de manera que con el abrigo de estos muros en los pies, sumado a la claridad de los montes al fondo, se diría que florecen mejor los almendros de troncos agrietados y flores blancas o rosadas como nubes en lo alto.

Hacía frío, pero olvidabas el invierno al verlos.