Un mar limpio y azul

Un día azul, gris y blanco hace en Alicante, mientras veo pasar las nubes por la sierra de Aitana.

Hace frío, más del que cabría esperar en Levante, pero es un frío distinto, alegre, de cielo que hubiera caído al agua porque tiene esta tierra un algo de fondo marino muy azul, de verano en invierno, de juventud al final de la vida.

Alicante es todo luz, que a su vez se refleja en todas partes, también en las nubes que pasan con las gaviotas y su plumaje blanco.

Todo está como a la espera del verano, viviendo esa paz que precede a los cambios, y desde mi habitación del hotel es una gloria ver pasar los trazos de nubes que se van volviendo anaranjadas según el sol cae con los minutos.

Tienen las cosas una limpieza que la quisieras para todas partes, y en ello pienso mientras recuerdo las palabras que vengo de escuchar a Rafael Gabeiras quien, en la Cámara de Comercio de Alicante, gracias a Casa Mediterráneo, nos ha venido a hablar de los plásticos hidrosolubles, que tal vez son el nombre en prosa de la esperanza.

Y no es tanto que un plástico pueda ser la solución absoluta de nada, pero ya se atisba una voluntad radical de hacer las cosas de otra manera, porque no se puede esperar a que las generaciones venideras arreglen el desaguisado que estamos llevando al mar, donde empieza y termina todo, sino que hay que hacer las cosas ya de otra manera hasta en el más mínimo gesto cotidiano, como es usar un plástico que pueda disolverse y compostarse y desaparecer en el agua.

Es un cambio de rumbo el que necesitamos para conservar el mar, adonde van a parar todas las aguas.

Nosotros también vamos a dar al mar, como los ríos, porque es a la costa donde siempre queremos volver, y aunque ya estemos contemplándola, no nos cansamos de acudir a ella como si solo ella nos entendiera, porque al lado del mar encontramos siempre consuelo, no sabemos muy bien de qué, ni por qué, pero cuando nos damos la vuelta y regresamos con el mar Mediterráneo a la espalda, nos sentimos de otra manera.

Es por ello que llevar el descorazonamiento al mar, es algo que no podemos aceptar de ninguna forma. Y no hay más que acudir a cualquier orilla marina en invierno para apreciar que no sólo hay posidonias, con su cepa y su raíz y su tallo y sus hojas verdaderas, hoy verdes, sino toda una suerte de artilugios de plástico que no sólo no desaparecen sino que se desintegran en partículas de muy difícil recuperación.

Hay en la ciudad de Alicante un barco velero que han puesto en una rotonda, donde parece volar más que estar varado, porque sueña que navega hacia un mundo nuevo.

Su etiqueta, escrita sobre la amura, dice: #CleanSeas.

Es tiempo de limpiar, pero también de investigar para que en ningún momento flote a la deriva sobre el mar nada que no sea el agua.