El Mandeo

En la mañana de Navidad nos fuimos mi hijo Guillermo y yo a recorrer la orilla del Mandeo.

Le desperté temprano, ¿nos vamos al río?, sabiendo que Guillo sería el único de la casa que no me diría que no, como así fue.

La sensación era de escaparnos, en unas horas que nos quedaban libres entre la cena de Nochebuena que habíamos celebrado en casa y la comida de Navidad que nos esperaba en la casa de mis suegros, dejando atrás el primer lavaplatos puesto, y la mesa todavía llena de copas.

Llegamos al río y, aunque el agua de la presa de Chelo estaba tranquila, caía mucha agua por las escalas de los salmones, teniendo en cuenta lo poco que ha llovido. Las cascadas eran blancas como las crines de un caballo albino, el agua verdosa y oscura, en algunos tramos, donde había playas, dorada, del color de las hojas que sobre el agua caían como una lluvia que fuera a dar justo en la imagen de las ramas, de manera que las hojas que creían haber dejado atrás al árbol, volvían a encontrarse con él, en su reflejo.

Cada vez que soplaba una vaharada de viento, caían sobre nosotros estas hojas que al ser las últimas, se nos antojaban aún más valiosas, por lo que nos deteníamos y mirábamos hacia arriba esa suerte de nube que era el grisáceo enramado de invierno, del que despegaban estas hojas a cámara lenta como si fueran frenándose en el aire, de manera que se diría que bajaban los peldaños de una escalera vertical por la que rodaban enseñando el haz y el envés en la caída. Algunas seguían girando al llegar al agua, esta vez llevadas por las invisibles manos de la corriente.

Había avellanos en la ribera que ya tenían los amentos desplegados sobre el río, dispuestos a dejar caer el polen, además de alisos completamente deshojados, algún fruto rojo del color de las cerezas que parecían los de un guindo y, entre las rocas, bayas rojas de rusco, con sus filoclados semejando verdaderas hojas con pincho final, distribuidos de una manera muy peculiar porque van dando la vuelta al tallo de manera que un filoclado señala un dirección, y el siguiente otra, formando una suerte de rosa de los vientos verde. Todo esto mirado de una forma muy fugaz porque queríamos llegar al menos al puente, para ver pasar el río por debajo, y todo su respirar, ese vaho que se eleva desde las aguas frías en invierno y que te hace querer vivir también a ti con mas fuerza al notar que sigue vivo el río.

Lo que hubiéramos dado por ver una nutria, un desmán, o tal vez un corzo bebiendo, aunque en el fondo tampoco necesitábamos más que observar la belleza original intacta porque es ella la que puede contenerlo todo, aunque no lo veas. Es más, preferimos el indicio a la presencia si ello supone que lo que por aquí vive sigue conservando su ser silvestre. Claro que no me hubiera importando ver algún salmón remontando por las escalas. Nos dijo un señor que recolectaba anillas de aves igual que un pescador sumergido hasta la cintura pero con un detector de metales en vez de caña, que era muy temprano para verlos. Que suben más tarde. Pero yo creo que ayer hubiera sido un buen día para ver salmones, de haber tenido más tiempo.

Regresamos conversando sobre un camino alfombrado de hojas de aliso y de roble. Estábamos solos y en ningún momento nos pareció que así fuera. Todos esos árboles deshojados nos protegían la cabeza y parecían abrazarnos con sus ramas, consolarnos de todas las penas mientras ponían a nuestros pies sus hojas.

Sonó el teléfono cuando ya estábamos llegando a casa de mis suegros, y al fin sí, empezamos a comer con toda la familia.

De vez en cuando, tras los langostinos y el pavo asado, cruzábamos mi hijo y yo una mirada.

Para ver en los ojos del otro el río.