Frío

Una de las temperaturas más bajas de este día se ha registrado en el lago de Sanabria, en la provincia de Zamora, con diez grados bajo cero, o eso me pareció que dijeron hoy en el telediario.

A Zamora la recuerdo siempre así, envuelta en frío.

Pasé un año, o poco más, en la ciudad de Zamora, pero es allí donde se me quedó para siempre, congelada, la infancia, el recuerdo de ir al colegio con una gran bufanda azul marino dando varias vueltas alrededor de la nariz y la boca, y cuánto me gustaba respirar, y ver salir el vaho a través de la lana, hacia el aire el helado.

Había una habitación en nuestra casa que le llamábamos el polo norte, donde se guardaban las cosas que no hacían falta para nada. De aquella habitación, no se podía abrir la puerta, y a pesar de tener radiador, al dar al norte, nunca se calentaba.

Mi madre encendía la calefacción de carbón en una suerte de estufa de hierro plateada y con hermosos relieves que había en la cocina y que prendía con astillas y papel de periódico para luego alimentarla a cada rato procurando sin descanso que la casa estuviera caliente, y lo estaba, aunque siempre lleváramos jerseys encima. Recuerdo esta casa con un pasillo muy largo que acababa en aquel cuarto del polo norte que era como el final del mundo. Luego nos mudamos al piso de abajo en el que casi muero como una de mis bisabuelas a la que le cayó un armario encima por subirse en un cajón para coger algo de arriba, pero en mi caso, una cama de madera, que tenía forma de gran cuna, hizo que a mis hermanas y a mí no nos sepultara el armario, aunque no tengo más que cerrar los ojos para notar aún la ropa cayendo como una lluvia sobre nosotras.

A mí me gustaba ese frío intenso de Zamora. Estaba lleno de misterio. La niebla, el frío, el pan recién hecho que sabía un poco a ajo. Ese jugar afuera, haciendo en los descampados tesoros que no eran más que un poco de tierra donde tras un cristal roto escondíamos papeles de caramelos para irlos después a descubrir aunque ya supiéramos dónde estaban, o jugar a las tabas con huesos de verdad, y luego con tabas de plástico de colores cuando empezaron a venderlas. También íbamos al cine, cine Barrueco, creo recordar que se llamaba, o jugábamos dentro de la casa con un tocadiscos en el que ensayábamos bailes para representar en Navidad cuando mis padres nos llevaban a Madrid.

Al llegar el buen tiempo, íbamos al embalse de Ricobayo, y en una ocasión fuimos al lago de Sanabria del que ahora leo fue el lugar en el que se inspiró Unamuno para escribir “San Manuel Bueno, mártir”, una de mis novelas preferidas, donde está el “quiero creer que creo” que siempre he recordado aunque no haya vuelto a su lectura.

Del lago, lo único que recuerdo con claridad es que se daban unas flores fucsias con forma de embudo que son las Digitalis purpurea a las que en Galicia llaman dedaleras, y que aún siendo plantas medicinales dejo que crezcan espontáneas por el jardín de mi casa porque me recuerdan a este hermosísimo lago.

Es Sanabria uno de esos lugares al que sé que tengo que volver, aunque sólo sea para que alguien me hable de dos grandes troncos de castaño que dicen que hay a veinte metros de profundidad, donde ya no se ve nada, como cuando profundizas en los recuerdos.

Es oír hablar un segundo del lago de Sanabria, porque hace frío, y se me viene toda la infancia encima, como si todas las cosas vividas se fueran uniendo al final sin tener nada que ver entre ellas, una novela, un lugar, una infancia y el frío que hace hoy afuera.

Contemplar mi propio respirar en el aire, es algo que todavía hoy me asombra.

Puede que por eso me guste tanto el frío, este frío helado en el que veo que aún respiro.