Lluvia

Mirar al cielo ha dejado de ser cosa de agricultores.

Bajé esta mañana a dar un paseo y se oía el ruido de las hojas, de lo secas que caían sobre la sequedad de las cosas. Es como si hasta el aire crujiera por la falta de agua. No recuerdo otro otoño como este, las hojas tan quietas, esperando no se sabe muy bien a qué.

Yo estoy también un poco así, esperando no se muy bien a qué, para marcharme.

La verdad es que este año, igual que está haciendo el otoño, hemos alargado un poco el verano. Pensábamos quedarnos sólo un par de semanas más y todavía no hemos vuelto.

Me he dado cuenta de que no se está tan mal en otoño. Tenía el recuerdo de aquellos años en los que se ponía a llover en septiembre y se acercaba la Navidad y seguía lloviendo. Lo recuerdo perfectamente. El agua, el ruido, el cielo cubierto, la lluvia sobre el tejado, en el suelo, en el parabrisas, en las botas cuando llevaba los niños al colegio. No era algo que me disgustara, ni me importara mucho.

Yo no sé si las personas que tienen niños ahora se dan cuenta de esto mientras sucede pero, cuando hay niños en casa da igual el tiempo que haga afuera porque se tiene el sol dentro. O al menos a mí me pasaba.

Pero sí es verdad que había años en los que podía llover varios meses seguidos aunque la lluvia no fuera toda igual. Quiero decir que el agua tiene algo de pianista que crea una música distinta no ya cada día, sino a cada segundo que pasa, y va cambiando la lluvia al golpear las cosas produciendo sonidos muy singulares, no siendo lo mismo el ruido que hace al tocar una hoja de hortensia, que es un ruido muy grueso y opaco, que el sonido de la lluvia en el charco, más musical.

Cuando estoy en Madrid y añoro esta casa, no lo hago pensando en los días de sol, ni siquiera en estos días en los que, como ahora, está todo el otoño en las hojas, que es una maravilla ver mi casa desde arriba, bueno, casi ni ve, entre los rojos y los ocres y los malvas de las ramas, y al fondo, un infinito verde seco que acaba en un mar que no veo porque se confunde con el cielo, o eso quiero pensar yo, al saber que está ahí mismo el océano, como el marinero que está siempre queriendo ver tierra, o el nómada el oasis en el desierto. No. Cuando añoro mi casa, lo hago entre la lluvia, que al final, quién me lo iba decir, es lo que más echo de menos.

Dicen que a lo mejor empieza a llover pasado mañana.

Me va a costar mucho irme de aquí si llueve.

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