Colores

Me llamó la atención que en una manifestación se refirieran este domingo al colorido de los árboles, amarillo y rojo.

Al margen de lo acertado de la comparación, he de reconocer que aunque no me gusta mezclar la Naturaleza con la política, a pesar de que ya dijera alguien que los paisajes no los conformaba la Naturaleza sino precisamente la política, me agradó esa referencia a los árboles.

Puede que no haya nada más universal que la Naturaleza. No ya sólo en el sentido de que no hay fronteras, sino que es un sentimiento que puede compartirse en todas las edades. Mi suegro Tito, se pasa el día mirando el paisaje. También mi madre. Tengo la impresión de que ellos lo aprecian más que nosotros, ocupados en mil cosas. Es como si fuera parte de su manera de vivir, mirar los colores de los árboles, las nubes del cielo. “Allí sube un tractor”, decía mi madre este verano, a la que sentaba delante de la ventana de la cocina con un sombrerito, para vigilarla como si fuera una niña mientras yo cocinaba, sentada mi madre frente al paisaje con un periódico abierto que casi ni miraba porque aquel lugar era mejor que una televisión encendida, a la que por otra parte, le suele hacer muy poco caso. Pero, ay, si tiene la Naturaleza delante, no dejará de fijarse en todo, y de decir en voz alta lo que ha visto. Puede que haya sido ella la que me haya inculcado este amor por la observación, y tras ver algo, no quedarme callada. Porque ella necesita decirlo. Y yo también.

Había unos versos de Octavio Paz que tuve mucho tiempo en mi escritorio,  una suerte de lema, un poema que me animaba para seguir escribiendo, y que decía: “Hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, troncos, / ramas, pájaros, astros”.

Durante varios veranos pasé con mis hermanos unas semanas en una masía gerundense donde las patatas las guardaban en cajas de madera, grandes como cunas, bajo los pinos, y encima ponían también acículas de pino como si fueran igual que esas bolas de madera de cedro que se ponen en los armarios, así la pinocha protegía con su aroma las patatas, además de evitar que le diera la luz, que las pone verdes y duras como piedras, igual que cuando se orean a la luz de la luna.

Miquel, que era el dueño de la masía, me contaba cosas que me gustaban, todas locales pero que se sumaban a las que ya sabía, y me daba cuenta de que la misma planta, o el mismo pájaro, tenía un nombre distinto que había nacido de la tierra, y de la mirada humana. Esos nombres vernáculos que son como puentes colgantes entre la Naturaleza y nosotros. Y cuantas más palabras, más puentes, lo cual me parecía que nos salvaba no sé muy bien de qué, pero que yo consideraba que era importante anotar y comprender y contar, esa manera tan propia de nombrar en cada lugar la misma Naturaleza.

Con frecuencia, cuando se celebraban las ruedas de prensa en la Moncloa, si era primavera, se me iba la mirada hacia los vilanos que flotaban por el aire, o también hacia el rumor de fondo de las hojas de los árboles, esas cosas que no tienen importancia y que de pronto un día, se convierten en todo un discurso, lo que se oye y llama la atención por encima de otras cosas, como sucedió el pasado domingo.

Las hojas de los árboles.

Amarillas y rojas.

También ocres, verdes, naranjas, violetas.

Puede que en el fondo, todos amemos lo mismo.