Estaca de Bares

Esta noche hizo frío por vez primera

Cayó la noche como un telón de invierno para amanecer, sobre ese fondo tan oscuro, las hojas del castaño amarillas por vez primera.

La clorofila, que es el oro de los árboles, corre a refugiarse a las raíces en cuanto nota que han bajado las temperaturas nocturnas quedando el verdor bajo la tierra, y los pigmentos que ya tenía la hoja pero que no se veían enmascarados por la todopoderosa clorofila, al fin al descubierto, como estos amarillos de atardecer que tiene el castaño aunque el sol se haya ido.

El otoño, al menos el que yo suelo contemplar en mi casa por los árboles que planté, comienza estos días y no es hasta mediados de noviembre cuando adquiere por aquí sus mejores tonos, aunque ya esté el liquidámbar con las hojas más altas de un rojo casi granate, como si estas hojas, al tocar el cielo, notaran también el frío de las estrellas.

Ando estos días un poco atada por mis propias palabras, que es el peor cordel de todos. A veces me pregunto si merece la pena. Si sería mejor andar por ahí sin anotar nada, igual que el viento, dejando que las cosas pasen de largo, como los alcatraces por Estaca de Bares, la esquina más septentrional de la Península Ibérica.

Qué ganas tengo de ir a dormir a ese hotel que llaman de la Naturaleza, “Semáforo Estaca de Bares”, y que tiene tan pocas habitaciones que nunca quedan. Voy a preguntar. Pero casi ni me atrevo porque hay expertos ornitólogos que las necesitan más que yo, que no sé distinguir casi nada de lo que por allí pasa.

Hace unas semanas, cuando el pasto de los caminos estaba lleno de merenderas montanas florecidas, bajamos desde ese hotel, que está más alto aún que el faro, al observatorio ornitológico desde donde el océano, al no haber islotes desperdigados por delante, es inmenso. No se veía siquiera el horizonte, que era una línea que se mezclaba con el azul del cielo y como si la Tierra no fuera redonda, aparecía el océano abarcándolo todo, y a la vez sin una sola onda, y sólo al enfocar un velero muy blanco donde imaginaba una tripulación valiente, pude apreciar el oleaje, por los pantocazos que daba.

El mar, visto de lejos, parece siempre en calma.

De pronto, una bandada oscura, con forma de flecha, pasó muy baja.

Eran negrones,  oscuros patos marinos, las hembras más claras, cosa que pude ver en la foto, desenfocada como una humarada, que les hice.

Allí estaba Sandoval, quien nos dedicó su libro, y a quien siempre suelo preguntar porque nunca estoy segura de nada, y creo que hago bien. Veo más con la imaginación que con la realidad.

“Son negrones”, me dijo.

La obra de Antonio Sandoval Rey “Las aves marinas de Estaca de Bares”, está dedicada, entre otros, a “A.G. Huyskens, P. Maes y R. G. Pettit, primeros estudiosos hace 50 años del paso de aves marinas frente a este cabo” por quienes, desde que he leído sus nombres como descubridores del valor de este lugar para el paso de las aves, siento una curiosidad inmensa por ellos.

Miramos sobre la mirada de otros.

En otro tiempo, la misma belleza.

O casi.

Eso quiero creer mientras me da el viento en la cara.