Incendios

Ninguna otra noche quisimos tanto la lluvia.

Ningún otro día miramos tanto al cielo, al sol rojo, entre el humo.

¡Cuánto humo!

¡Cuánta tristeza!

¡Qué desastre!

¡Cuánto miedo!

Hoy no creo que pueda escribir de incendios.

Estamos de luto por las personas, y por el paisaje en el que vivieron.

Estuve mirando esta tarde la belleza del agua sobre los tréboles del pasto. Brillaban como lágrimas. Me parecen hoy más hermosas que las flores estas gotas de agua sobre unas hojas que de noche aletean igual que un pájaro, aunque nadie salga a mirar de noche estas cosas. El agua del cielo. No somos conscientes de lo que tenemos. La belleza del agua. ¡Cuánto la necesitamos! Habría que hacerle un monumento a la lluvia. Condecorarla. La lluvia de la noche del 15 al 16 de octubre de 2017. Homenajearla con las personas que, como otra lluvia, llevaron el agua en cubos de mano en mano por las calles. Fue una escena que vi por televisión, pero de las que no se olvida. Me recordó, que esto sí lo vi en persona, a los marineros de la isla de Ons, sacando con sus propias manos del agua el crudo.

Galicia se podría resumir en su amor al agua; amor a las rías, a los ríos, al océano. A veces pienso que el mar es el amor del agua. Un amor inmenso. Se habla siempre del amor del gallego a su tierra, pero puede que una buena parte de ese amor, sea un amor hecho de agua. Amor a la xiada. Amor al rocío. Amor a la niebla. Amor a estas gotas de lluvia que nos han salvado.

Salíamos anoche a mirar el monte y nos angustiaba ese aire tan seco, ese viento extraño, endiablado, y esas cenizas cayendo sobre las cabezas de todos los que no podíamos dormir en Galicia. Esa luz que no era ni la luz de la noche ni la del día, sino la de una pesadilla. Luces amarillentas, del color del desierto que nos está cayendo como los granos de arena de un reloj. Encima. El paisaje, el hermoso paisaje gallego, marchándose por un sumidero del que ya no habrá manera de rescatarlo porque no quedará nada original para empezar de nuevo.

Portugal vendió ya todo su paisaje a un diablo de papel ¡tan barato!

¿Seguiremos también aquí por ese camino que acaba siempre, tarde o temprano, en llamas?

Resulta cuanto menos curioso que para un problema tan complejo todo el mundo tenga tan clara la causa. Y la solución. Y, sobre todo, que nos incendiemos nosotros, al hablar de incendios. No hay conversación. Aprovechamiento del conocimiento.

No sólo hay que mirar las causas. También el paisaje que sembramos. Y lo que es peor: que seguimos sembrando.

Esto es serio.

Si simplificamos un asunto tan complejo, no lo solucionaremos nunca.

Los incendios se repetirán.

Tal vez no hoy, ni mañana, pero sí otra noche en la que, quizás, no llueva.

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