El arce

Tras una breve estancia en Madrid lo primero que me encuentro al regresar es al arce sin hojas.

No es que las haya perdido por el otoño, sino por la sequía, y eso que este arce tiene sus raíces en Galicia. Los embalses, también por aquí, están con menos agua de lo que cabría esperar para esta época del año, y los llamamientos a la población para que reduzca el consumo parecen más propios de algún lugar del Sur, y no de aquí, tan al Norte.

Pero no hay agua. “No bajes al río, que da pena verlo” me comentaron hace unas semanas. Pero bajé. Y en la orilla vi las raíces de los alisos hacia el agua como si fuera una madrevieja de las que observé por África, en Namibia, donde los árboles hunden sus raíces hacia todas las direcciones de la tierra por el lecho seco del río que es la madrevieja, esperando un agua que pasa cada dos o tres años; o más. Por aquí, esperemos que sea menos, pero se aprecia en el árbol esa angustia llamada, científicamente, estrés hídrico.

En las noticias nos hablan de tantos por ciento, que rondan algo menos de la mitad, pero es que la mitad que queda no es como la de la botella medio vacía, ya que la parte que falta por consumir es la peor del agua, la que contiene los derrubios y contaminantes, la que está llena de lodo, la menos aconsejable para el consumo.

Cualquier grifo abierto en estos momentos es una grave irresponsabilidad. Pero no es fácil cambiar de la noche a la mañana los consumos de agua, acostumbrados como estamos a abrir el grifo y que salga el agua. Cuando llegué a Madrid, había un letrero que decía: “No hay agua. Perdonen las molestias”, y creí que tendría que irme a dormir a otro lado.

El agua, ¿alguien puede vivir sin ella?

Hace unos días, observando el mar, pensé que era el amor del agua.

También he llegado a creer que toda la Naturaleza es una envoltura, en mil formas distintas, del agua, como un mismo regalo envuelto en millones de formas diferentes.

Recuerdo que Margalef solía decir que eran muy útiles las rogativas que se hacían por el agua y que figuraban con precisión en las iglesias, las fechas señaladas en las que había salido todo un pueblo con los santos en procesión, pidiendo que lloviera, porque ese registro daba una idea muy fiable de la meteorología, incluso del clima, cuando aún no había registros. También las maderas de las iglesias y de las casas antiguas de campo, podrían contar, gracias a la dendrología, la ciencia que descifra los anillos de crecimiento, qué años fueron más lluviosos, y cuáles más secos.

El arce de mi casa, está grabando en su madera, sin lágrimas, la escasez de este triste y preocupante año.

Pero ya nadie sale a la calle por el agua.

Aunque no podamos vivir sin ella.