Velutinas

Aunque los mapas digan que llueve hace un día de septiembre extraordinario.

Tiene esta luz la dulzura de los frutos, esas flores que se comen, y hay un algo de miel sobre todas las cosas, al quedar alumbradas por una luz dorada, de otoñada, esa primavera cansada. Falta agua. Ha llovido muy poco y se nota incluso en el agua que viene con la traída como si el caudal del río hubiera disminuido, y ya lo dicen en las noticias, que falta agua.

La poca agua que cae, no llega para nada y en lo alto de la copa de algunos árboles ya se asoman los colores del otoño que son más bien una sequía, un adelanto de estación en la que la clorofila ha comenzado a guardarse en las raíces, más que por la luz, por la falta de agua, asomando todos esos pigmentos que ya estaban en la hoja desde la primavera pero que ahora, a falta de verdor, empiezan a verse, como el rojo del liquidámbar, o el amarillo, muy vivo, de los olmos. Algunas hojas, incluso, se han caído.

Todo son frutos coloreados y dulces. Bajo el emparrado, las uvas tienen más envero que otros años, y se han vuelto muy negras, mulateando en pocos días; las castañas, poseen un tamaño que no se sabe de dónde ha salido teniendo en cuenta el poco aporte de agua del que dispusieron, como si el árbol, ante la dificultad, hubiera querido dar lo mejor de sí mismo. También la higuera ha dado higos de mejor tamaño y a ellos acuden los mirlos para forrajearlos apoyados en sus hojas mientras deshilachan el interior del higo lleno de semillas, dejando el hollejo con su pedúnculo colgado de la rama, al igual que hacen con los huesos de las cerezas. Las avispas asiáticas, conocidas como avispas asesinas por alimentar a sus larvas con abejas y que todo el mundo llama por aquí por el nombre científico de la especie, velutinas (Vespa velutina), frecuentan estos higos que le han dejado abiertos los mirlos.

El avance de esta gran avispa asiática está siendo muy rápido, pero también la respuesta hacia ella pues si descubres un nido, llamas al 112 y vienen con tanta rapidez como si se tratara de un accidente, que tal vez lo es, la presencia de esta avispa enorme, de la que llama la atención no sólo el tamaño, sino su profunda oscuridad, con ese anillo amarillo en el abdomen, así como la claridad de sus patas, y su forma de volar, bordoneando el cristal, con una lentitud que no tienen otras avispas. Más que querer salir, se diría que está mirando por la ventana, subiendo y bajando, buscando con calma la salida. Para mí, su lentitud, es lo que la diferencia, ese moverse casi a cámara lenta, mirando el paisaje.

El problema para combatir a esta avispa que llegó en un barco a Europa en 2004 y que se expande hoy por toda España, incluso se ha citado ya en Baleares, es que las colmenas las sitúan muchas veces en las ramas más altas de los árboles, y con el verdor de las hojas resulta muy difícil localizarlas a tiempo.

Yo debo de tener por aquí alguna de estas colmenas de papel, que no veré, como los nidos de las aves en las ramas, hasta que los árboles, con el otoño, descubran al fin todas sus cartas.