Rojo sobre azul

Se ha marchitado el girasol, floreciendo de pájaros.

Desaparecen como peces entre las algas y, de vez en cuando, se suben al capítulo ahora cabizbajo del girasol, en apariencia marchito.

Las hojas del girasol, lánguidas como yo tras el verano, que es, quizás más que la primavera, la estación más agotadora; se mueven al pasar con el viento y es difícil saber qué es pájaro y qué es hoja porque se columpian de la misma manera. Vengo pensando que el viento es también una voz. La voz de las hojas a las que el viento hace hablar, como a las flores que no solo poseen un color, sino una forma particular de moverse.

Si observamos con calma, ante la misma brisa se mueven de manera distinta las especies como para llamar la atención con un sonido y un movimiento diferente. En el caso del girasol, asienten las cabezas, aunque ya cabizbajas, confirmando que, sí, que van a la tierra, pero queriendo llevar antes lo más lejos posible sus semillas, otorgando un lugar de aterrizaje para los pájaros, en el borde de la flor, que ahora parece una plataforma, aunque se haya puesto de canto, o bocabajo.

Pude observar esta mañana a un escribano soteño, de los que cantan sin parar en verano como si la hembra no acabara de escucharle, con un ruido que recuerda al de un teléfono que nadie descuelga en el eco de una casa vacía, pudiendo ver cómo pelaba las pipas.

No son las pipas grandes, al menos no estás, que nos venden tostadas para consumo humano, sino mucho más pequeñas y más oscuras por fuera, y más blancas y blandas por dentro. Al no tener manos sino alas, se diría que un pájaro no podría ser capaz de pelarlas, pero le da vueltas en el pico hasta que se queda con la semilla, y tira la cascara, incluso diría que la escupe como si estuviera en un cine de pueblo, donde los asientos se llenaban de pipas, que es lo más ancestral que tenemos, la manera de comer los frutos dejando en el suelo las cáscaras y las semillas.

Hace unos días estuve en la isla de Ons y me llamó la atención lo que no había observado en anteriores visitas, toda la costa de las playas que dan al Este por encima de las rocas, en la primera tierra que no es arena, espinos antiquísimos, retorcidos como si el viento los hubiera ido envolviendo con sus propias manos, hoy completamente cubiertos de majuelas, de frutos rojos, lo cual componía una estampa hermosísima, por el rojo intenso de los frutos, el azul viejo del océano, y la niebla recién nacida no se sabía de dónde pero muy blanca, envolviendo con el sol que se convirtió de pronto en resol, las rocas y la arena de playa.

Estos espinos blancos, albares o majuelos (Crataegus monogyna) los había visto en las lindes de los prados, en El Bierzo, orlando los viñedos, y también por las dehesas, casi siempre cerca del agua, también haciendo en otoño estas masas de color rojizo en las que, entre sus pinchos, se enreda la mirada. Pero nunca tan cerca del mar y así, siendo silvestres, como si hubieran sido plantados.

Sé que los frutos, las majuelas, se comían desde tiempos inmemoriales, que sus semillas han aparecido en las cuevas de los hombres y mujeres de las cavernas, por lo cual no me cuesta imaginar a los habitantes de la isla de Ons comiendo las majuelas, más rojas que las cerezas, escupiendo las semillas, mientras contemplaban a lo lejos, como un barco en el horizonte, desde la isla de Ons, trasoñando, el perfil del continente a la deriva.