Puestecitos de Betanzos

betanzos

Los martes, jueves y sábados, se extienden de manera discreta, cerca de la iglesia de Santo Domingo, los puestecitos de Betanzos.

Lo más parecido que he visto a la imagen que conforman, es en Montmartre “la place du Tertre” donde los pintores ofrecen sus cuadros, solo que aquí es la propia pintura viva lo que vemos, al crear una estampa que cualquier artista impresionista hubiera plasmado, de haber pasado por delante.

Siempre siento la tentación, al verles, de hacerles una foto, para atrapar la expresión de sus caras, su rostro lleno de sol y de lluvia, de pensamientos de niebla, de sabiduría de siglos. Pero no me atrevo. Por eso lo escribo. Escribir es la única forma que he encontrado para que la belleza no se me vaya del todo si me la encuentro y no sé por qué, a mí estos puestecitos de Betanzos, me emocionan profundamente como si se me hubiera dado a ver lo más hermoso del mundo.

Esta mañana, se me fueron los ojos hacia un matrimonio, un hombre y una mujer que, bajo su sombrilla, tenían, a modo de mostrador que parecía hecho de mimbre, unas ristras de cebollas engarzadas sobre las que asomaban sus rostros. No son las cosas, es la gente. O la gente con esas cosas. Quiero decir que la plaza con estos mismos puestos, si no tuvieran a estas personas vendiendo, no valdrían nada. Son ellos los que valen. No las patatas, ni las flores, ni los huevos caseros, ni los pimientos, aún siendo los mejores que se pueden adquirir en muchos kilómetros a la redonda, sino las personas que los venden, Manuela con sus quesos, Geluca sus pexegos, Elena con sus judías verdes de bordes fucsias.

Todo tiene aquí el colorido de las flores, porque también venden flores que contagian al aire un no sé qué inocente de blancura de queso, de paños de cuadros azul claro, de mieles recién recolectadas, de huevos que parecen puestos en un nido, de frutas que no ves en ninguna otra parte, de nueces que acaba de soltar el nogal a la tierra como quien da una limosna que es toda su riqueza.

Todo aquí es reciente. No ha hecho largos viajes. Han bajado del monte estas cuatro personas, algunas muy entradas en años, con la alegría de un regato para que lata el corazón de la ciudad de los caballeros. Da igual que haga sol, o que llueva, siempre están bajo una sombrilla. Me gusta más cuando llueve y entonces la verdura se esponja y tienes que entrar bajo el alero de la sombrilla para resguardarte y parece que entras en una casa, la suya, que es este puestecito en el que está todo lo que ha dado la tierra ese día y que te hace sentir igual que si poseyeras lo que dio la Tierra a la largo de toda su existencia porque cualquier cosa que te lleves de aquí, es verdadero, fruto de esa escasa y sencilla verdad de la manzana con gusano, de la cáscara con alguna pluma, de las habas recién salidas de su vaina, del queso recién hecho.

Flota además en estos puestos una cierta alegría infantil, como si estuviéramos jugando a los tenderos, por la manera de atenderte y por cómo te miran, igual que un niño que ha montado un puesto y se le ilumina la cara al ver que te  acercas para comprar algo.

Lo que dan vale tanto que no me atrevo a decírselo porque sales de allí, no ya con la fruta y la verdura sino con la felicidad de haber charlado con ellos, aunque solo sea un rato.

Escuché hace muchos años decir a una misionera que cuando volvía de las misiones e iba a un hipermercado, tenía dado más de una vez la vuelta, estando ya con el carro, agobiada con tanta oferta.

A mí empieza a pasarme algo parecido.

Cada vez me gustan más estos puestecitos donde pervive lo que hubo por las aldeas y que miro igual que a las efímeras flores silvestres.

Puede que un día no estén ahí, aunque sea martes, jueves o sábado.

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