Mirar el eclipse a la sombra de los árboles

No recuerdo tanto calor por aquí como hace años, en otro verano y otro eclipse.

Es como si el sol calentara más los días en los que la luna se va a interponer como una sombrilla para asombrar a la Tierra unos minutos.

Recuerdo perfectamente esa sensación, de sombra extraña, cuando la luna nubló el sol, en un día de cielo despejado. Cuatro cuervos salieron volando mientras de la tierra emanaba un olor a manzanilla como si hubiera llovido, mientras una luz rara, luz de sombra, luz de luna, pasaba por el día.

Lo que más me sorprendió, fue descubrir que no hacía falta mirar hacia el cielo, una temeridad para la vista por otra parte, sino que donde mejor se veía el eclipse solar, sin ningún peligro, era sobre el suelo, bajo las ramas de los árboles, y también sobre la pared de mi cocina, donde sin esperarlo me encontré bailando cientos de soles diminutos con la sombra del eclipse escotando las luces.

Estos juegos de luz, más que sorprender, me emocionan, porque se diría que tienen que darse millones de casualidades para que sucedan y que sin embargo nosotros observamos sin darle más importancia cuando tiene que haber un sol, y una luna, y una casa, y una pared, y unas hojas, y un día para que ocurra algo que, por otro lado, seguro que es irrepetible porque este eclipse no tendrá nada que ver con el anterior, ya que el tiempo ha pasado.

Siempre me han llamado la atención los reflejos, destellos, instantes que parecen eternos cuando el mar se vuelve blanco al atardecer, por el sol que todo lo blanquea, como las sombras de los árboles acribilladas de luces que bailan cuando el viento mueve las ramas.

Es ahí, bajo la sombra de los árboles, donde aparentemente no vemos nada al tener cubierta la cabeza de verdor, donde mejor se observan los eclipses solares, al proyectarse sobre esas luces que brillan como monedas por el suelo la manera en la que sol se va escotando con la sombra de la luna y cómo pasa por delante, y cómo se marcha, todo ello sin alzar la cabeza, sino al contrario, mirando a la hierba, o a la acera.

También sobre el agua, en esos brillos marinos, se podría mirar el eclipse, y sobre cualquier lugar adonde vengan a dar los rayos del sol tras recorrer ciento cincuenta millones de kilómetros de distancia y no lo hagan de lleno, sino en trizas, tras atravesar un sombrajo de paja, o cualquier otra cosa que la tamice como una harina y caiga a tierra en motas luminosas sobre las que podremos seguir la evolución del eclipse a última hora de esta tarde, sobre todo si estamos hacia el noroeste.

Siempre me sorprendió que los pececillos que nadan en la orilla de la playa y que por aquí llaman peones, casi transparentes, los veamos por su sombra.

Así es como podremos ver hoy a la luna, por el suelo, en las sombras de las motas luminosas del sol bajo los árboles, dándole la espalda, sin mirarla.

Seguro que refresca un poco.

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