Calpe

Me pregunto si hubiera sido mejor no regresar donde estuvimos de niños.

¿Ha cambiado Calpe?

Podría decir que muchísimo, la playa de Levante es más estrecha, como si el horizonte se hubiera acercado, o el arenal perdido en el reloj del tiempo, porque aquí había más arena y más mar y menos edificios altos y menos montaña horadada de casas blancas, y sin embargo la belleza, imposible de hacerla desaparecer del todo, sigue.

El agua conserva toda su transparencia, aunque me haya preocupado observar las marcas redondeadas y claras que delatan la ausencia de las lapas sobre las rocas de la orilla, desconozco la razón de su desaparición y sin embargo, siguen muchas de las algas que recuerdo haber visto de niña, con esa sensación que procuraban a los pies de andar por una alfombra bajo el agua, sobre unas piedras muy llanas que parecían balcones sumergidos.

El Peñón de Ifach me ha impresionado aún más porque tiene muchas más aves, sobre todo gaviotas, volando a su alrededor de las que yo recordaba; incluso me parece que posee hoy más vegetación, quizás porque estamos en mayo y el verde es más nuevo, o porque los lentiscos han crecido más que yo, pero qué maravilla sigue siendo ver aquí el horizonte empezando justo donde acaba de manera tan abrupta la tierra.

El agua es la misma. Idéntica la sensación de claridad, de luz, de colores de Sorolla cuando me bañaba de niña sin saber siquiera que aquella luz brillando sobre la piel y el agua, se podía pintar. El sabor del mar en el pelo, la sal, el arco iris de escama de pez entre las pestañas y ese contraste de azules que procuran las posidonias del fondo, cuyas hojas se te pegaban a las piernas al salir del mar como si fueran a envolverte igual que a la loza y al cristal en lo que se dio en llamar alga de los vidrieros porque se utilizaban estas cintas, ya secas, claras de sol y de sal, para embalar las vajillas en cajas de madera, cuando todo era Naturaleza hasta para las cosas más sencillas como el mar entre la cristalería.

Así me parece todavía el agua, con la transparencia de un cristal porque, incluso donde cubre, sigues viendo el fondo.

¡Qué colorido!

El sol también es el mismo que cuando nos quemábamos de niños.

Y la arena.

Quedan, a pesar de la concienzuda limpieza de un tractor que está fresando el arenal desde las seis de la mañana, en una esquinita de la playa de Levante, a salvo del paso del implacable tractor, las posidonias acumuladas cuando las cintas verdes de sus hojas se han vuelto negras para luego, con el sol y la arena, platearse.

Muy cerca, en la línea ondulada del agua sobre la arena mojada, se ven todavía alguno de esos pesados ovillos hechos con los peciolos y los nervios quebrados de las hojas de posidonia, además de alguno de sus tallos desenraizado, arrancado del fondo por el oleaje a esta planta marina de origen terrestre que vive sumergida dando flores y frutos, y hojas que siempre están queriendo volver a tierra.

Estaban estas posidonias cerca de lo que fuera el hotel Hipocampos, que es la única construcción que recuerdo, hacia el que volaban al atardecer las gaviotas cuando mi madre nos decía que iban a merendar las gaviotas al hotel, y nos lo creíamos.

Hemos cambiado y sin embargo la mirada no se ha perdido, ni el deseo de ir al mar cuando está amaneciendo y ves el sol y solo quieres estar en la playa, leyendo, mirando el horizonte, charlando con tu madre y que por la noche, con la piel quemada en la frente, te de un beso.

El amor no pasa.

Tampoco, por mucho que haya cambiado, el amor al paisaje de los veranos de la infancia.