Lo inesperado

La Naturaleza que más me gusta es la que no espero.

Esas cosas que pasan de una manera en apariencia casual y que parecen haber sucedido tras una concatenación de acontecimientos que al final se revelan como uno solo, igual que un puzle al que solo le faltaba una pieza.

El hermano de mi suegro cayó en el frente de la batalla del Ebro con 17 años.

De él, no conozco más que una foto y una carta.

Cuando nos vinimos a vivir a la aldea, mi marido me pidió si podíamos poner su lápida en la casa. Había quedado esa lápida perdida, no sé bien la razón, y la iban a tirar. Era una pequeña lápida de mármol blanca tallada con su nombre y el tiempo de vida que cabe entre dos fechas en diecisiete años. No supe qué decirle a mi marido. Y en el silencio de esa duda, conchabado con el constructor, pegó en la fachada, como a dos metros de altura, la lápida de su querido tío desconocido.

A mí aquello no me convenció del todo, pero allí quedó desdibujándose poco a poco la lápida blanca con las plantas que fui poniendo para que treparan por la fachada, una ampelosis que en otoño se vuelve roja con el frío como el que hace ahora mismo, aunque sea primavera, y estén asomando ya sus hojas hasta el punto de cubrir incluso las contraventanas, y la lápida que ya solo asoma en invierno, cuando la ampelosis se deshoja y aparece, como la torre del campanario del pueblo anegado por un embalse cuando baja el nivel del agua.

La verdad, es que ya me había olvidado de ella hasta que hace dos días, veo de lejos un pájaro pequeñísimo que va justo allí a esconderse. Una carriza. O como diría Pepe Riestra, un carrizo, quien me regaló este verano precisamente esa ilustración pintada por él, una maravilla, de un carrizo, Troglodytes troglodytes, llamado así, creo yo, porque sus nidos parecen cuevas, pero la cueva de un mundo, porque están hechos de musgo y son esféricos y con una pequeña abertura por el hemisferio norte.

Esa forma de volar a toda velocidad que solo puede llevar una madre, fue la que hizo que mi vista volara con el pájaro para ir a mirar justo arriba, y allí, al lado de la lápida, entre la ampelosis, pude entrever el nido de una carriza que de pronto se asomó, muy clara entre el verdor del musgo, para después salir volando a toda velocidad al notar que yo la estaba mirando.

Todo esto sucedió en este orden: alguien cae en una batalla, se esculpe una lápida que al final no saben qué hacer con ella y un sobrino decide, a pesar de las dudas de su mujer, pegarla en la pared de su casa, una ampelosis que trepa, y finalmente un pájaro que anida.

¿Quién se atrevería ahora a quitarla de la pared?

Nos gusta pensar que sucederá lo que planeamos.

Pero al final siempre sucede lo inesperado.

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Mónica Fernández-Aceytuno

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