Cantábrico

Cantábrico

Me ha gustado mucho Cantábrico, por muchas cosas.

Hay escenas verdaderamente valiosas que no veremos jamás, incluso que no se volverán a ver en la Naturaleza, y a las que asistimos asombrados y entristecidos por la dolorosa belleza de lo que ya sabemos que se marcha, como la escena rodada en un tombo, el último rodal de hayas más alto de la montaña, donde tienen su cantadero unos urogallos que utilizan cada primavera desde hace generaciones pero que no se sabe muy bien por qué, se están quedando estos cantaderos como teatros vacíos, como fiestas sin nadie, quizás porque el jabalí, cada vez más numeroso, acaba con las puestas, sobre el suelo, del urogallo.

Su canto, magistralmente captado por Carlos de Hita, recuerda, en una de sus partes, al sonido que hace una bola en la ruleta de juego, justo antes de caer, indecisa, clo, clo, clo, entre los números rojos y negros. Después viene una seguidilla en la que dicen que el urogallo ni ve ni oye, pero que a nosotros, se nos ofrece para que veamos y oigamos cantar al urogallo, quizás por última vez en la Naturaleza.

¡Cuánta belleza hay en “Cantábrico”!

Hay que celebrar además, al fin, una mirada diferente sobre la Naturaleza española, que es la mirada de Joaquín Gutiérrez Acha, quien ha ido más allá al enfocar también lo inabarcable de lo pequeño, los detalles del horizonte y de los paisajes, sobre los que no deja fuera a las personas. Hay hilos invisibles que unen a esas personas con la Naturaleza, y Gutiérrez Acha los ve todos, con el lobo y los pastores, las abejas y los colmeneros, el segador y las flores, el bonito bajo la lluvia artificial, dulce sobre el mar, creada por los marineros para pescar. Todas las escenas de agua son maravillosas, los salmones dejándose morir por el río tras la freza; zancados perdiendo la vida con el sabor dulce, ay, de no haber errado el camino.

Hay en España unos cineastas de Naturaleza extraordinarios. Se habla de equipos, de calidad de imágenes, pero yo sólo entiendo de miradas, y la mirada de Alberto Saiz, en estos momentos rodando en la Antártida, y de Nacho Ruiz, cerrando ahora su película africana con NaturaHD, así como la mirada de Rafa Herrero cuando se sumerge en los océanos de todo el mundo con equipos de altísima calidad, me parecen miradas fuera de lo común. Cómo miran. Tienen todo delante, y eligen, y ya con el material, vuelven a elegir, una vez y otra como el escultor que de una piedra, obtiene una obra de arte. Tallan sobre la Naturaleza su propia mirada, que es lo que vale en el cine, no la Naturaleza ahí sin mas, sino a través de los ojos, y también creo yo, del alma, de alguna persona.

Joaquín Gutiérrez Acha es un artista, porque tiene una mirada propia sobre la Naturaleza. No hay otra igual. Podrían llevarnos a todos a ver lo que él vio y no lo veríamos como él. Cada plano de “Cantábrico” tiene su huella dactilar. Su mirada. Su corazón. Su pensamiento. Su respirar. Una verdadera proeza cinematográfica.

La documentación, además, me parece impecable en “Cantábrico”. La narración. La voz. La música.

Están ahí todos los abismos, ahí mismo toda la belleza del Cantábrico, que casi se puede llegar a respirar.

En “Cantábrico”, el oso pardo tiene la osadía de encaramarse a las ramas de los robles que se pueden tronzar, el mirlo acuático el arrojo de atravesar las cascadas del río, el rebeco la temeridad de lanzarse pendiente abajo.

¿Se podría ir más allá?

Me pregunto qué haría la Naturaleza.

 

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