El picabrotes

Hay pájaros posados sobre las ramas que parecen las hojas que aún no han salido.

Tengo delante de la galería un entramado pardo de ramas que no acaban de desplegar sus yemas, quizás por este frío tardío que se ha adentrado en la primavera como una marea, y por el que cantan los pájaros muy tímidamente, como si aún no fuera primavera y las ramas no acabaran de enseñar sus cartas que son las hojas nuevas.

Y a pesar del frío y de la lluvia me fui dando un paseo hasta el río de los Caballos, bajando y subiendo por laderas de prados donde la hierba ya tenía ese verde nuevo que se adjetiva como verdegay, y que es un verde recién nacido que en los prados parece haberse adelantado, incluso hay algún avellano con las hojas, pero en general se respira una calma y una falta de prisa, diferente de la de otros años en los que se apresuraban los árboles como si la primavera se les pudiera ir volando como un pájaro.

No me importa este retraso porque se ven mejor los nidos y las aves cuando las hojas no están. Y entre las ramas de unos alisos, en lo más alto, que es la cumbre del árbol, donde hay más cielo que rama, me encuentro entre la bruma parda y a la vez rosada de estos bosques maravillosos de árboles de ribera, una bandada que parecía escapada de una jaula y en la que me pareció ver mitos, por el tono rosado del pecho, pero que resultaron ser picabrotes, las hembras rosadas como los mitos, pero el pico más robusto y de un tamaño mayor; los machos de un rojo coral, asalmonado, que se veían de lejos como si en vez de en el norte de la Península en un día frío de primavera, estuviera en un país tropical donde siempre es verano.

Le daban a la rama el colorido que le faltaba, porque por arriba son negros y azules con algunas alas blancas, pero sobre todo por esos tonos corales y rosas que se diría que tienen de tanto comer los brotes de las flores de los frutales y por los que les llaman picabrotes (Pyrrhula pyrrhula).

Estaban tan silenciosos los pájaros que no se oía más que el pasar oscuro del río, pero era como si cantaran al dar colorido a las ramas. Serían ocho o diez picabrotes, también llamados pírrulas o cardenales pero me volví a casa como si hubiera visto cientos, de lo contenta que me fui de ver al fin algo colorido.

No sé qué le pasa a esta primavera que la veo menos decidida que otros años, y esperemos que no empiece a suceder como con el otoño, que hay lugares donde ni existe y se pasa directamente al invierno, y de ahí, no quiero ni pensarlo, al verano sin pasar por la primavera, esa estación donde de pronto todo lo que sucedió durante el año, que no era más que un silencio, nos cuenta tantas cosas que no da tiempo a comprenderlas todas pero al menos sí el murmullo de lo que pudo ser un día la primavera en la que todo eran ramas de árboles y pájaros de colores inimaginables.

“Hasta en la ciudad la primavera es siempre primavera” escribió Tolstoi en el inicio de “Resurrección”.

Que sea como siempre, en la ciudad y en el campo, y en el mar, es lo que esperamos también este año de ella.