La desconocida

En lo alto de nuestras montañas, vive la perdiz pardilla ibérica, Perdix perdix hispalensis.

La forma recuerda a la de la perdiz roja pero es más pequeña y distinta con su color de roca de montaña, gris y a la vez parda, el macho con una herradura anaranjada en el pecho, la hembra también a veces, por lo que se diferencian mejor por la actitud ante la vida, más pegada a la tierra la hembra, el cuello más entre las plumas, rechoncha, comiendo granos entre las piedras; el macho vigilando y más gallardo con el cuello estirado si oye un ruido, mientras emite un cacareo con una voz áspera que tiene algo de gallo y de gallina, y de urogallo al mismo tiempo.

¡Cuánto se habla del urogallo, y qué poco de las pardillas!

Poca gente las conoce porque no es fácil verlas, aunque aniden cerca de los senderos, sobre el mismo suelo en un agujero entre la hierba, bajo algún matorral de los que florecen en primavera, con flores amarillas las genistas, malvas los brezos a partir del verano, y los acebos con pequeñas flores blancas que acaban por dar frutos rojos.

Que parece que es éste un requisito indispensable, dicen que los arbustos, pero yo digo las flores, que son las que atraen como una mano que se moviera con el viento, a los insectos para que vayan, y se los coman las perdices pardillas bajo las ramas que son su cielo. También comen los granos que les llueven de arriba tras las floraciones, y las lombrices que hay bajo la tierra en los pastizales, que también necesita la pardilla estos mares de hierba, entre las islas pedregosas de la montaña.

Vive a partir de los 1600 metros de altitud, donde nadie debería cazar perdices porque pueden ser pardillas.

Y aunque haya otras pardillas por Francia que campan por los valles y las llanuras, esta pardilla nuestra es más singular, porque es de montaña y vive aislada, relicta, teniendo congéneres aquí y allí, en los Pirineos o en la Cordillera Cantábrica, Sistema Central, Montes de Toledo donde parece que es más abundante, pero que como parientes que no se hablan, vive cada población en su montaña, sin verse las unas con las otras, por no bajar de ese lugar donde se sienten a salvo del resto del mundo.

Aunque dicen que, cuando hace mucho frío, bajan a alimentarse a los valles y que si no les da tiempo porque la ventisca de nieve les sorprendió de lleno, entonces, aunque casi nunca suelan quedarse quietas, se detienen y excavan en la nieve un agujero de medio metro de profundidad con una galería lateral donde la temperatura es unos grados más alta. Cuando están así escondidas puedes pasar al lado y no verlas, o verlas quietas entre la nieve, esperando a que pase el mal tiempo, que es una manera de avanzar, estarse quieto y que el contratiempo pase de largo. Esto de esconderse en la nieve, también lo hace la perdiz nival que en invierno es casi totalmente blanca.

Para el sonido que emiten la perdices, hay una palabra, que es cuchichear, pero a mí me suena a algo más áspero, de arista de montaña.

Perdiz parda, pardalina, perdiz gris, y charra llamaban también a esta perdiz cuando la reconocían al verla, o perdiz patiamarilla para distinguirla de la patirroja.

Realizan las pardillas unas puestas muy numerosas, de hasta veinte huevos, de los que salen unos perdigones que, a la hora de nacer, como hace la cría del rebeco, el rebequino, que sigue a su madre casi nada más nacer por las repisas de los cortados montañosos, también estos perdigones siguen a los padres en cuanto salen del cascarón, dejando atrás un nido que no era más que un agujero en el suelo.

De todos ellos son muy pocos los que alcanzan la madurez, esa montaña que es la más áspera de todas.